Confesión ardiente: Mi marido me afeita el coño y nos follamos salvajes al borde del lago

Llevaba un buen rato esperándome mi marido, Luis, listo para ir a cenar con amigos. Yo llegaba tarde del shopping, con la tarjeta echando humo. ‘¿Buenas tardes?’, le grité desde las escaleras mientras corría al baño. Él refunfuñaba abajo, odiaba llegar tarde. Oí los grifos, frascos moviéndose… ‘¡Luis, ven a ayudarme, porfi!’.

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Subió arrastrando los pies, gruñendo. ‘¿Qué pasa ahora?’. Le pedí que me pusiera espuma en las piernas mientras me pintaba las uñas. ‘¡No te vas a depilar ahora, vamos a llegar súper tarde!’. Sonreí, exagerado, para pincharle. ‘Cinco minutos, diez máximo. Ayúdame o no avanzo’. Cedió, agarró la espuma y me cubrió las piernas. Bajó, pero volví a llamarle. ‘El esmalte no seca, ven a afeitarme, pica…’.

La chispa que enciende el fuego: tensión hasta explotar

Se armó con la maquinilla. Yo sentada en el taburete, pierna en la bañera, casi desnuda, solo con una braga fea que odiaba. Su cara tan cerca de mi coño… Sentí su aliento caliente. La tentación era brutal, quería que apartara la tela y me lamiera. Pero nos contuvimos. Luego, ‘¡Luis! Hay pelos saliendo por la braga’. Se mosqueó. ‘¡No vamos a la playa!’. Pero insistí, tonecillo que no admite no. Me quité la braga, un pie en la bañera, maquillándome inclinada, culo en pompa. Él cortaba la selva de mi monte de Venus, denso, negro. Su polla se endurecía, lo notaba. Yo húmeda ya, oliendo a deseo. Pasó espuma por las ingles… Me impacienté, le quité la maquinilla. Bajó furioso a la furgo.

Llegamos una hora tarde a la cena. Él bebía, yo charlaba. En el coche, silencio. ‘¿Budes?’, dije rompiendo hielo. ‘Perdona, no miré el reloj’. Propuse parar a caminar, zona verde cerca de Lyon, pero en mi cabeza España, lago fresco. Aparcamos, paseamos. Le miré: guapo, con ganas. Imaginé su polla dura entrando en mí. Caminamos solos, noche tibia. ‘Para, tengo una piedra en el zapato’. Me senté en la hierba. Él metió mano al lago: ‘¡Está buenísima! Voy a bañarme’. Se quitó todo, desnudo, polla colgando. Nadó, volvió. ‘Ven, está caliente’. Dudé. ‘No traje bikini’. ‘Usa mi camiseta’. Me quité el vestido, lencería blanca simple. Solté el sujetador, tetas libres. Entré riendo. Su polla tiesa. ‘Me pones cachonda hasta sin picardía’, le dije. Me enganché a su cuello, piernas en su cintura. Beso salvaje, lenguas enredadas. Su polla rozando mi raja por encima de la braga empapada. Manos en mi culo, piel ardiendo. Salimos, a la hierba. Le razón saltó.

El polvo brutal: pasión cruda y sin frenos

Me arrancó la braga chorreante. ‘¡Joder, estás rasurada!’. Sorprendido. ‘¿Te gusta?’. ‘Sí… pero parece de cría’. Polla floja. ‘Lo siento, no puedo’. ‘¡Tócame entonces!’. Dedos en mi clítoris, círculos. Gemí, coño abierto. Dedo dentro, chorreaba jugos calientes, olor a sexo fuerte. Su polla revivió. La agarré, a la boca. Lamí el glande, perlas saladas. Veía hinchadas, lengua por venas. Chupé huevos, pelos mojados. Dedo en su culo, él jadeaba. Se giró, a cuatro, culo ofrecido. Polla dura como piedra. Aparté labios, entró de golpe. Chorreante, caliente. No me moví, contracciones vaginales ordeñándolo. Ondulé cadera, froté clítoris. Él agazapó tetas, pezones duros. Empujones brutales, pubis contra culo, palmadas húmedas. ‘¡Fóllame fuerte!’. Gemidos ahogados, sudor mezclado, hierba pinchando rodillas. Orgasmo mío primero, coño apretando, chorros. Él explotó dentro, leche caliente llenándome. Temblamos, unidos.

Caímos exhaustos, abrazados. Risas tontas, piernas flojas. ‘Joder, qué polvo’. Limpiamos con su camiseta, volvimos a casa oliendo a sexo. Desde entonces, él me afeita el coño: a veces triángulo, otras liso total. Recuerdo esa noche, piel erizada, su aliento en mi raja… Me mojo solo pensándolo.

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