Me llamo Verónica, tengo 56 años, estoy jubilada y viuda desde hace dos. Mi casa grande está vacía, el silencio me ahoga por las noches. Decidí alquilar una habitación para pagar facturas y llenar el vacío. Llegó Mika, 26 años, fisioterapeuta guapo, musculoso, con modales que me derriten. Vive cerca, cena conmigo por 5 euros. Compartimos mesa, chimenea, risas. Lo llamo Mika, él a mí Vero. Besos en las mejillas, no más apretones formales.
Al principio, subía a su cuarto tras cenar. Yo me quedaba frente al fuego, frustrada sin saber por qué. Luego lo invité a quedarse. Tomamos tisanas, coñac. Sus ojos, su olor a hombre joven… me ponían nerviosa. Los fines de semana, cada uno por su lado, pero yo imaginaba si traía tías. Celos absurdos, él es como mi hijo en edad.
La chispa y la tensión que me quemaba por dentro
Un día, lo pillo saliendo de la ducha. Puerta entreabierta, su cuerpo desnudo, polla colgando gorda por el agua caliente, balanceándose al secarse. Mi coño palpita, hace años no veía una así. Bajo temblando, whisky de golpe para calmarme. Otro día, rugby en tele, robe de chambre abierta, su verga saltando con sus gestos. Me mojo tanto que huyo a cocina, masturbándome esa noche soñando con él. ¿Cougar? Me da igual, mi cuerpo despierta.
Domingo, cena ligera, vino, fuego. Película romántica, lloro. De repente, sus manos en hombros, beso en pelo. ‘No estés triste, Vero. Vive el presente, déjate llevar…’. Labios en cuello, manos en pechos. Tetillas duras. ‘No…’, susurro, pero mi voz tiembla. Dedos bajan, tocan mi monte, entran en mi coño empapado. Piernas se abren solas. Se arrodilla, lengua en clítoris. ‘¡Ay, Mika!’. Lamidas calientes, dedos follándome adentro, olor a mi flujo mezclado con su saliva. Gimo, exploto en orgasmo, cuerpo convulso.