Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día. Mi novio y yo íbamos a ver esa casa vieja, la que el agente nos enseñó con esa sonrisa pícara. Portal oxidado, gravilla crujiendo bajo los pies… El viento levantaba hojitas secas, y yo ya sentía un cosquilleo. ‘¿Entramos solos?’, me dijo él, con la voz ronca. El agente se había ido, nos dejó las llaves. La casa olía a madera húmeda, a tiempo parado. Subimos la rampa, mi mano rozando la barandilla fría, y miré el cerezo marchito. ‘Aquí han pasado cosas…’, murmuré. Él me apretó la cintura, su aliento caliente en mi cuello. Sentí su polla endureciéndose contra mi culo. Dios, la tensión… En el salón vacío, paredes desnudas con marcas de pintura vieja, me giré y lo besé. Sus labios ásperos, lengua invadiendo mi boca. ‘Joder, no puedo más’, jadeó. Yo tampoco. Mis pezones duros contra la blusa, el coño ya empapado. Subimos las escaleras, crujiendo, su mano metiéndose bajo mi falda. ‘Estás mojada, puta’, gruñó. La razón… se fue a la mierda. Lo empujé contra la pared del pasillo, arañándole el pecho.
Sus dedos me abrieron las piernas, metiéndose en mi coño resbaladizo. ‘¡Fóllame ya!’, le supliqué, voz temblorosa. Me bajó las bragas de un tirón, las noté rasgándose un poco. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La embestí en mi boca primero, chupando con hambre, lengua girando en la cabeza hinchada. Él gemía, ‘Sí, trágatela toda, zorra’. Me levantó como una pluma, contra la baranda del pasillo. Me penetró de golpe, su polla abriéndome en dos. ‘¡Ahhh, joder, qué prieta estás!’, rugió. Follando duro, mis tetas rebotando, sudor mezclándose. Bajamos al salón, él de rodillas lamiéndome el coño, lengua hurgando mi clítoris hinchado, yo gritando, ‘¡Más, lame mi jugo!’. Me puso a cuatro patas sobre el parquet sucio, embistiéndome como un toro. Plaf, plaf, sus huevos golpeando mi culo. ‘Te voy a llenar de leche’, prometió. Cambiamos al cerzo por la ventana, yo cabalgándolo, mi coño tragándosela hasta el fondo, jugos chorreando por sus muslos. En la cocina, sobre la mesa astillada, me folló el culo, lubricado con mi propia saliva. ‘¡Duele y mola, métela más!’, chillé. Orgasmos uno tras otro, mi squirt mojando todo, su polla palpitando dentro.
La Chispa que Enciende el Fuego
Al final, caímos exhaustos en el suelo del dormitorio, desnudos, piel pegajosa de sudor y semen. Su leche goteaba de mi coño y culo, mezclada con mi corrida. Respirábamos agitados, riendo bajito. ‘Ha sido… brutal’, susurró él, acariciándome el pelo revuelto. Yo, con el cuerpo temblando aún, le besé el pecho salado. ‘Los muros lo han visto todo, como si nos guiaran’. La casa parecía vibrar, olores a sexo impregnados en el aire. Nos vestimos despacio, piernas flojas, sonrisas tontas. Salimos al jardín, sol poniéndose, y supe que ese recuerdo me quemaría siempre. Cada noche lo revivo: su polla dura, mis gemidos ahogados, el placer salvaje. Ay, qué ganas de volver…