El aire estaba cargado de ese olor a pino y tierra húmeda que siempre traía el atardecer junto al lago. Yo acababa de colgar el teléfono con rabia contenida, las lágrimas aún calientes en mis mejillas. Mi esposo acababa de confesarme, sin rodeos, que no llegaría hasta dentro de dos días porque “el proyecto en la oficina se había complicado”. Sabía perfectamente lo que eso significaba: otra mujer, otra excusa, la misma historia de siempre.
Tenía cuarenta y tres años, dos hijos ya en la universidad y un trabajo como diseñadora gráfica que me mantenía independiente. No pensaba volver a casa esa misma noche. Decidí quedarme en la cabaña que habíamos alquilado en las montañas del norte, un lugar que siempre me había gustado más a mí que a él. Me sequé el rostro, me puse un vestido ligero de algodón y salí a caminar por el sendero que bordeaba el agua. El sol ya se escondía tras los pinos y el cielo se teñía de tonos anaranjados.
Al regresar, vi luz en la cabaña vecina. Era la de mi cuñado, Javier, que había llegado esa misma tarde para pasar unos días pescando. Tenía treinta y siete años, trabajaba como ingeniero en una constructora de la capital y siempre había sido el más discreto y atractivo de la familia. Nos llevábamos bien, aunque nunca habíamos estado solos tanto tiempo. Lo saludé desde lejos y él me invitó a tomar una copa en su porche. Acepté sin pensarlo dos veces; necesitaba compañía y una distracción.
Nos sentamos en las viejas sillas de madera con una botella de vino tinto. La conversación empezó ligera: el trabajo, los niños, las ganas de desconectar. Pero el alcohol y la noche cálida fueron aflojando las palabras. Le conté lo que había pasado con mi marido. Él escuchaba en silencio, mirándome con esos ojos oscuros que siempre me habían parecido demasiado intensos. Cuando terminé, simplemente dijo:
— No mereces que te traten así, Laura.
Su voz era baja, casi un susurro. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Hacía años que nadie me miraba de esa manera. Terminamos la botella y entramos porque los mosquitos empezaban a molestar. La cabaña era pequeña, con una sola habitación y una chimenea que Javier había encendido para quitar la humedad. Me senté en el sofá mientras él servía dos vasos de whisky.
— No sé qué voy a hacer cuando vuelva —confesé, mirando las llamas.
— Por ahora, no pienses en eso —respondió él, sentándose a mi lado.
Su rodilla rozó la mía. Ninguno de los dos se apartó. El silencio se volvió denso, cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar. Yo llevaba el vestido veraniego sin sujetador y sentía cómo mis pezones se endurecían bajo la tela fina. Javier lo notó. Lentamente, colocó su mano sobre mi rodilla y subió con suavidad por el interior de mi muslo. No lo detuve. Al contrario, separé ligeramente las piernas.
— Llevo años pensando en ti —admitió en voz baja, casi avergonzado.
Lo miré sorprendida. Nunca había imaginado que él también sintiera esa atracción contenida. Me incliné hacia él y lo besé. Fue un beso profundo, ansioso, lleno de años de miradas robadas y silencios cargados. Sus manos subieron por mis costados hasta tomar mis pechos por encima del vestido. Gemí contra su boca cuando sus pulgares rozaron mis pezones.
Me levanté sin decir nada y me quité el vestido por la cabeza, quedándome solo con unas braguitas blancas. Javier me contempló como si estuviera viendo algo sagrado. Se arrodilló frente a mí en el suelo de madera y besó mi vientre, bajando lentamente hasta el borde de la tela. Con los dientes, tiró de ella hacia abajo. Cuando quedé completamente desnuda, separó mis piernas y hundió su rostro entre ellas. Su lengua era hábil, insistente. Recorrió mis pliegues con paciencia, deteniéndose en mi clítoris hinchado hasta que mis rodillas temblaron. Me corrí por primera vez esa noche de pie, agarrada a sus hombros, mordiéndome el labio para no gritar demasiado fuerte.
Lo empujé suavemente hacia el sofá y me arrodillé entre sus piernas. Le desabroché el pantalón con dedos nerviosos y liberé su miembro, grueso y completamente erecto. Lo miré a los ojos mientras lo lamía desde la base hasta la punta, disfrutando del sabor salado de su piel. Lo tomé en mi boca con ganas, moviendo la cabeza al ritmo que sus gemidos me marcaban. Javier enredó sus dedos en mi cabello, guiándome con suavidad. Cuando sentí que estaba a punto, me detuve y me subí encima de él.
— Quiero sentirte dentro —susurré.
Me penetró de un solo movimiento. Ambos soltamos un gemido largo. Empecé a moverme despacio, sintiendo cómo me llenaba por completo. Sus manos agarraban mis nalgas, ayudándome a subir y bajar. El sonido de nuestra piel chocando llenaba la pequeña cabaña. Me corrí por segunda vez así, cabalgándolo, con su boca pegada a mis pechos, succionando mis pezones con fuerza. Minutos después, él se tensó y se derramó dentro de mí con un gruñido ronco.
Nos quedamos abrazados, sudados y jadeantes, mientras el fuego crepitaba. Esa noche dormimos juntos en su cama estrecha. A la mañana siguiente, desperté con su boca entre mis piernas otra vez. Me hizo el amor lentamente, mirándome a los ojos, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria. Después preparamos café y salimos al lago en su pequeña barca. Remábamos en silencio, robándonos besos cada pocos minutos.
Durante los dos días siguientes, apenas salimos de la cabaña. Nos exploramos como dos adolescentes que acaban de descubrir el sexo. Me tomó contra la encimera de la cocina mientras intentaba preparar algo de comer. Me penetró por detrás mientras yo miraba el lago a través de la ventana, sus dedos jugando con mi clítoris hasta que grité su nombre. Una tarde de lluvia, nos metimos en la ducha diminuta y follamos bajo el agua caliente hasta que se acabó.
El último día, antes de que mi esposo llegara a la ciudad, hicimos el amor una última vez en el porche, al atardecer. Yo estaba sentada sobre él en la mecedora, moviéndome con lentitud mientras el sol se hundía tras las montañas. Cuando terminamos, me abrazó fuerte y susurró contra mi cuello:
— Esto no tiene que terminar aquí.
Pero ambos sabíamos que sí. Regresé a mi vida, a mi matrimonio roto que terminé meses después. Javier volvió a la capital y seguimos viéndonos de vez en cuando en reuniones familiares, siempre con esa mirada cómplice que solo nosotros entendíamos.
Hoy, años más tarde, cada vez que huelo a pino y escucho el sonido del agua del lago, vuelvo a sentir sus manos en mi piel y su voz ronca diciéndome cuánto me deseaba. Fue solo una aventura de verano, pero fue la más intensa y sincera de toda mi vida.