Vivía en un pueblo olvidado al noroeste del lago Chad, cerca de Nguigmi. Era una chavala alérgica, con el cuerpo empezando a curvarse, tetas firmes y culo que volvía locos a los tíos. Mi padre me había prometido a un comerciante hausa viejo y rico, tres veces mi edad, con varias mujeres ya. La boda después del Aïd el-Kebir. Me moría de miedo, de rabia. Pero Abdul, el tendero del pueblo, me hacía reír. Alto, con esa sonrisa diabla, siempre con chistes sucios.
Un día, en su tienda, me ofrece dos paquetes de galletas, mis favoritas. ‘Si estás de acuerdo, Zara…’, dice con voz ronca. Yo sabía lo que pedía. Me había convencido de que por detrás no perdía la virginidad, que era seguro. Estaba harta, caliente por dentro. Mi coño palpitaba solo de pensarlo. ‘Vale… pero duele poco, ¿eh?’, balbuceo, el corazón latiéndome fuerte. Él cierra la puerta, el aire huele a mil y especias. Me subo el paño, me tumbo boca abajo sobre un saco de mijo. La luna al aire, expuesta. Siento su aliento en la nuca, caliente, jadeante.
La chispa que encendió el fuego
La tensión era insoportable. Sus manos en mis caderas, ásperas, me erizan la piel. ‘Relájate, preciosa’, murmura. Su polla roza mi raja, dura como piedra, goteando. Yo tiemblo, sudo. ‘Abdul… espera…’. Pero no. Empuja. Duele como un cuchillo, grito. Me agarra fuerte, no me deja mover. Lágrimas, pero su verga llena mi chocho, estirándolo. El dolor baja, se mezcla con un cosquilleo raro en el vientre. Empieza a moverse, lento. Plaf, plaf contra mi culo. Su panza gorda pega en mis nalgas, sudorosas, calientes.
Ahora la razón se va al carajo. Gimo, arqueo la espalda. ‘¡Sí, así! Folla más fuerte’, le digo sin pensarlo. Su polla palpita dentro, roza sitios que me vuelven loca. Huele a sexo, a sudor macho, a mi coño mojado. Acelera, me embiste como animal. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñe. Yo empujo hacia atrás, clavo uñas en el saco. Sus huevos chocan contra mi clítoris, eléctrico. Siento su verga hincharse, lista para explotar. ‘Me corro… ¡ahhh!’, ruge. Chorros calientes inundan mi interior, resbalan por mis muslos con sangre y semen. Yo tiemblo, un orgasmo me sacude, piernas flojas.
El polvo brutal y el aftermath ardiente
Se sale, jadeamos. Me giro, su polla semi-dura brilla con mis jugos. ‘Límpiala’, ordena juguetón. Dudó… huele fuerte, pero chupo. Salado, pegajoso. Mejoro rápido, la trago entera, lengua en las bolas. Él gime, me folla la boca. Otra corrida, esta vez en mi garganta.
Después, tumbados en el suelo polvoriento. Cansancio dulce, cuerpos pegajosos de sudor y harina –cambiamos a sacos de eso, me desnudaba entera, tetas al aire–. Él me limpia con manos tiernas, roza pezones duros, acaricia mi coño hinchado. ‘Eres una puta deliciosa’, susurra. Río, feliz. Ese olor a sexo nos envuelve, recuerdo su polla abriéndome, el placer brutal. Aún hoy, me mojo pensando en esa primera vez, en cómo el deseo me controló total. Fue el principio de muchas folladas adictivas, hasta que… bueno, eso es otra confesión.