Ay, chicas, acabo de llegar de París y tengo que soltarlo todo. Después del bachillerato, quería arte puro, pero mi padre, ese pragmático, me metió en comercio. Me pagó clases de dibujo con Virginie Bouchain, una artista legendaria. Me apunté en septiembre, nerviosa pero excitada. Su taller en el quinceavo de París era un garaje viejo convertido en templo: portal con ‘El baño en la Grenouillère’ de Monet, esculturas de mujeres en la entrada. Toqué el timbre, corazón latiendo fuerte.
—¿Quién? —voz ronca, sexy.
La chispa inicial y la tensión que quema
—Soy Ana López, para las clases.
—Pasa.
La puerta se abrió y… joder. Virginie, unos cuarenta, pero piel de veinteañera. Pelo negro largo, vestido victoriano negro, cigarrillo en la mano izquierda. Me miró fijo, intenso, como si me desnudara ya. Me senté en el taburete, ella puso el caballete. ‘Dibuja anatomía humana’, dijo, sacando ‘La Bacchante’ de Courbet. Intenté copiar, pero su mirada… ese rímel corrido, labios negros… me ponía la piel de gallina. Sudaba, mi coño empezaba a humedecerse. Terminé mal, ella se acercó, oliendo a humo y perfume viejo.
—Difforme. No observas. Dibuja un modelo vivo.
El polvo brutal y el éxtasis sin frenos
Y zas, dejó caer el vestido. Se sentó en el sillón de mimbre, desnuda. Cintura fina, tetas redondas firmes, coño peludo jugoso. Dibujé como poseída, rápido, perfecto. Ella se levantó, vio el dibujo: ‘Obra maestra’. La miré, su piel brillaba bajo la luz, pezones duros. No aguanté, la besé. Lengua dentro, sabor a tabaco. Me empujó: ‘Aquí enseño arte, no sexo. Vete’.
Me fui roja, polla… digo, mi clítoris palpitando. Esa noche, SMS: ‘Mañana, 3 pm. Trae pinceles’. Volví, temblando. Ella abrió, mirada cómplice, misma ropa. ‘Perdón por ayer’, balbuceé. ‘Vi tu talento. No lo desperdicies’. Se desnudó otra vez, posó más sensual, piernas abiertas un poco, coño invitando. Dibujé, pero mi tanga chorreaba. Ella se inclinó sobre mí, tetas rozando mi hombro, aliento caliente en mi cuello. ‘Mejor que ayer’. Vi mi erección… mi humedad evidente. Ella rio bajito: ‘Pasa en modelos vivos’.
Se sentó a horcajadas en mí, besó mi boca voraz. Sus manos en mi entrepierna, frotando mi coño empapado. ‘Eres preciosa, Ana’. Le arranqué el vestido, chupé sus tetas, mordí pezones. Ella jadeaba: ‘Sí, así…’. La tensión explotó, razón voló. Nos caímos del taburete.
La fase dos fue bestial. Le quité la ropa, ella la mía. Mi boca en su coño, oliendo a sexo maduro, salado. Lamí su clítoris hinchado, ella gemía: ‘¡Joder, chúpame más!’. Metí dos dedos, follándola adentro, jugos chorreando por mi mano. Se corrió gritando, squirteando en mi cara. Yo a cuatro patas, ella lamió mi culo, dedo en mi ano mientras frotaba mi clítoris. ‘Tu coño es perfecto, prieto’. Agarró un pincel… no, directo: me penetró con los dedos, fuerte. Luego tribbing, coños frotándose, clítoris contra clítoris, sudor mezclado, olor a hembra en celo. Grité: ‘¡Fóllame, Virginie!’. Ella montó mi cara, me ahogué en su coño. Orgasmos múltiples, cuerpos temblando, piel ardiendo pegada.
Al final, exhaustas. Nos derrumbamos en el suelo, respiraciones cortas, piernas entrelazadas. Su piel caliente contra la mía, olor a sexo impregnado. ‘Eres mi musa’, murmuró, besándome suave. Dormimos abrazadas, yo pintándola dormida: cuerpo sensual, sábana cubriendo solo el vientre, tetas y coño al aire. Despertó: ‘Mejor que Courbet’. Fatiga feliz, recuerdo quemando: su sabor en mi lengua, el pulso de su coño en mis dedos. Ahora, cada semana, arte y pasión. Ella es mi todo, sin tabúes.