Estaba en mi puesto de verduras bio en el mercado, sudando bajo el sol, con mi vestido ligero que deja mis tetas pesadas rebotar libres. Sin bragas, claro, como siempre. Pelo grisáceo suelto, axilas peludas, coño también… soy así, natural, sin complejos. Llega este chico, Gael, unos 30 años, mandado por su hermana. Ojos curiosos, cuerpo atlético. ‘¿Qué buscas?’, le digo sonriendo, y él tartamudea mirando mis pechos. Se nota que le pongo la polla dura al instante. Hablamos de tomates orgánicos, pero yo veo cómo traga saliva cada vez que me agacho y se me marca el culo bajo la tela.
Lo invito a la finca esa misma tarde. ‘Ven a ver cómo cultivo’, le suelto. Aparece puntual, yo en el campo con sombrero de paja, short corto que deja mis muslos bronceados al aire, camiseta pegada a los pezones duros. Le presento a Dimitri, mi croata fornido, calvo, que saluda desde lejos. En la casa, me cambio a la misma ropa del mercado. Charla: él doctorando en física, soltero. Yo confieso: ‘Tengo 46, divorciada hace años. Aquí en el campo, follar es complicado… ¿tú?’. Niego tener novia, miento un poco. Sus ojos bajan a mis tetas, que se yerguen solas. Tensión… uf, insoportable. Lo invito a cenar mañana.
La chispa que enciende el fuego
Al día siguiente, calor asfixiante. Trabajo desnuda en el campo, solo sombrero y chanclas, coño peludo al sol, bronceada entera. Llega él, me ve y se queda tieso. ‘Perdón, no esperaba… adoro el sol en la piel desnuda’, digo poniéndome el short. Dimitri cerca, pero qué más da. En la cena, robe trasero descubierto, tetas apretadas. Vino italiano, potaje de mis verduras. Hablamos de todo, luego íntimo: ‘Contrato temporales a mis ayudantes, no quiero apegos… follo mucho, es mi vicio’. Él asiente, rojo. Me estiro, tetas al frente: ‘Tengo ganas de follar. ¿Tú?’. Se levanta la mesa, me subo trincada, coño peludo bajo su nariz: ‘Come el postre, chúpame’.
Su lengua entra tímida… ay, qué rico. ‘¿Puedo fumar?’, pregunto sacando el paquete. Aspiro humo, gimo cuando roza el clítoris. Mano en su cabeza, empujo. Caderas bailan, jadeos cortos. ‘¡Sí, joder!’. Me corro fuerte, jugos en su boca. ‘Buen lenguao… muéstrame la polla’. La saca, enorme, venosa. ‘¿Todo para mí? Úsala bien’. Lo arrastro a la granero, desnuda, tetas bamboleando. Subimos escalera, mi culo delante. Extiendo sábana en el heno: ‘Huele a sexo puro’. Le paso condón: ‘Póntelo’. Me penetra de golpe, hasta el fondo. ‘¡Fóllame duro!’. Gimo, araño su espalda, huelo su sudor mezclado con heno.
El clímax salvaje y el eco del placer
Posiciones salvajes: misionero, vaquera donde reboto tetas en su cara, chupándolas. ‘¡En el culo ahora!’. Lubrico con saliva, entra lento… dios, qué lleno. Bombeo contra él, ‘¡Más profundo!’. Quitamos condón sucio, nos sentamos frente a frente, ojos clavados, caderas lentas. Intensidad brutal. ‘¡Eres un semental!’. Al cama, piernas enredadas: ‘Défonceme, hazme gritar’. Empujo, arqueo espalda, ‘¡Fóllame, joder, fóllame!’. Él explota dentro, semen caliente. Yo tiemblo en otro orgasmo, gargareo placer.
Sudados, jadeantes. Le quito condón, corro a ducharme. Vuelvo: ‘Duerme, lo mereces’. Mañana, ya en campo. Él desayuna, nos despedimos con guiño. Por la noche vuelve, puerta abierta. Lo oigo, pero Dimitri ya me folla en la cama: polla gruesa en mi coño, yo gimiendo ‘¡Sí, cabrón!’. Se va sin ruido. Libre, ¿sabes? Recuerdo su polla dura, mi coño chorreando… uf, me mojo ahora contándolo. Fatiga feliz, piel erizada. Volverá, lo sé.