Confesión ardiente: Mi noche de sexo salvaje con Enzo en París

Todo empezó fácil con Enzo. Me gustó al instante. Elegante, treintañero, pelo oscuro, ojos penetrantes. Yo leía en un banco del jardín del Palais-Royal, París, con mi chaqueta de ante beige y pantalón negro ajustado. Él se acercó, voz suave.

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—¿Puedo sentarme?

La chispa que encendió el fuego

Levanté la vista, seria al principio, pero sonreí. Charlamos horas, risas, miradas que quemaban. Nos separamos al atardecer, pero esa noche nos vimos en un bar. Besos robados, caricias que prometían más. Al día siguiente, me invitó a cenar a su casa.

Sonó el timbre a las siete. Vestida con un vestido bronce escotado, tirantes finos dejando mis hombros al aire, tacones altos enredados en los tobillos. Nerviosa, jugueteaba con las manos. Bracelete turquesa en la muñeca. Me besó directo, sin rodeos. Sus labios calientes, urgentes. Me apretó contra él.

—Tengo miedo… vamos muy rápido, pero me vuelves loca…

La abracé fuerte, su calor me invadió. Dejé caer mi bolso, él me levantó por los muslos. Piel suave como terciopelo bajo sus manos. Pelo revuelto en mi cara mientras nos devorábamos. Me llevó a la mesa de cristal del salón, me sentó ahí. Lengua en mi boca, piernas alrededor de su cintura. Sentí su polla dura contra mi coño, a través de la tela fina. Me froté, jadeante. Olor a mandarina y jazmín suyo, embriagador.

Sus manos en mi pelo, me mordió suave. Yo metí las mías bajo su camisa, toqué sus abdominales firmes. Se quitó la camiseta, torso perfecto. Me quedé boquiabierta. Él rozó mis labios con un dedo, imaginando mi boca en su verga. Desabroché el vestido, sujetador de encaje cayó. Pechos libres, pezones rosados duros. Los chupó, mordisqueó. Gemí, arqueándome. Perfume entre mis tetas, sudado ya.

La tensión era insoportable. Polla latiendo, coño chorreando. ¿Movernos? Me cargó al sofá de cuero negro. Vestido a medio bajar, tetas al aire. Me miró hambriento. Yo tomé la iniciativa: quité la tanga, la tiré a sus pies. Desnuda, piernas abiertas en el sofá.

—Fóllame ya, así.

Se desvistió rápido. Polla gruesa, venosa, tiesa. Me toqué el clítoris viéndole. Se acercó, me besó feroz. Me giró, encima de mí. Su verga rozó mi coño húmedo. Manos en sus nalgas duras. Agarró mi polla, la guio.

—¿Qué esperas?

Empujé, entró despacio. Carnes calientes envolviéndome. Mitad dentro, besos, mordidas en tetas.

—Eres un salvaje…

La embestí entera. Gritó mi nombre. La follé duro, bolas golpeando su culo. Mouille por todas partes, sudor en su frente, lo lamí salado. Uñas en mi espalda. Me mordió la mejilla, juguetona.

Cambié: la puse encima. Cabalgó mi polla, tetas rebotando. Las mordí, lengua en areolas. Gemía fuerte, ritmo variando. Sudor goteando.

La entrega total y el clímax brutal

—¿Te gusta follarme así?

—Sí, nena, bájame más fuerte.

Se corrió temblando, yo aguanté. La puse debajo otra vez, piernas en alto. Coño rojo, abierto. La pegué fuerte.

—Dime que te excito.

—Joder, sí… anoche me masturbé pensando en tu polla.

Chupé mis dedos con su jugo salado. La apreté, resbaladiza. Cambié pierna, coño más estrecho. Sus tetas bailando. Se corrió de nuevo, me arrastró. Eyaculé dentro, chorros calientes en su vientre. Gritamos juntos.

En cuchara, mi culo contra su polla pegajosa. Sus brazos alrededor.

—¿Todo bien?

—Sí… quiero más.

Rozó mi ano con el glande. Gel lubricante, dedo dentro, relajada. Segunda polla entró fácil. Me acostumbré, gemí. En la cama, a cuatro patas, me sodomizó profundo. Mano en mi clítoris, semen anterior goteando.

—Más fuerte, Enzo…

La labré el culo, bolas contra vulva. Se corrió gritando, ano apretando mi verga. Yo aguanté, cambié posición. Finalmente, eyaculé en su recto, temblores, visión borrosa.

Agotados, sudorosos. Me dormí en sus brazos, cuerpo dolorido pero feliz. Recuerdo su olor a sexo, el calor. Mañana repetiremos.

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