Aparqué la BMW negra al final del callejón sin salida, el motor aún ronroneando caliente bajo mis muslos. Hacía tres años desde ‘1000fleurs’, pero su imagen me quemaba por dentro. Bajé con calma, estirando la pierna larga, botas de tacón crujiendo en el asfalto. Chaqueta de cuero ajustada, jeans que me marcaban el culo, casco en mano. El sistema pitó: alguien entraba en su territorio. Sabía que me esperaba con el Glock escondido.
Abrí la puerta… y ahí estaba él, congelado, mandíbula caída. Nadie más me paralizaba así. Sonreí como una niña traviesa, pelo negro corto y ondulado rozándome los hombros, más atlética ahora, cuerpo sólido pero elegante. ‘¡Qué bien verte!’, dije, radiante. Él balbuceó: ‘Raïssa… ¿qué haces aquí?’. Entré sin pedir permiso, felina, oliendo a cuero y noche.
La llegada felina y la tensión que quema
La casa era su QG improvisado, chimenea crepitando con papeles quemados. Tres años de misiones locas: chantajes, robos, políticos cayendo. Pero esa noche, todo era nosotros. Paseé, toqué libros, mesa. ‘¿Sigues escribiendo esas cositas eróticas?’, pregunté de golpe, ojos fijos en el fuego. Él se sonrojó: ‘Eh… sí, ‘Christine Panama’, pero…’. No terminé la frase. Sus ojos negros me devoraban. ¿Quién dio el primer paso? Nuestras bocas chocaron, hambrientas.
Manos urgentes. Le arranqué la camisa, él mi chaqueta. Nuestros cuerpos se reconocían, piel caliente contra piel. Caímos desnudos sobre la alfombra, fuego lamiendo el aire. ‘Te he echado tanto de menos’, gemí, bajando a su polla dura, venosa, palpitante. La lamí despacio, lengua girando en la cabeza, sabor salado. Él jadeaba, ‘Raïssa… uf…’, metiendo tres dedos en mi coño empapado, rozando clítoris hinchado, otro dedo en mi culo apretado. ‘¡Sí, así!’, grité, cadera moviéndose sola. Olía a sexo crudo, sudor mezclado con humo.
Follada salvaje y el secreto revelado
La tensión era insoportable, razón evaporada. Trepé sobre él, coño chorreando en su polla. Me hundí de golpe, ‘¡Joder!’, gemí. Cabalgaba fiera, tetas rebotando, pezones duros mordidos por sus dientes. Paredes de mi coño apretándolo, calor abrasador. Él gruñía, manos en mis nalgas musculosas, ‘¡Más fuerte!’. Sudor goteando, fuego chispeando, orgasmos acercándose.
Pero no paró ahí. Me levantó, camino tambaleante a la habitación. ‘¿Qué buscas?’, rugí siguiéndole. Abrió cajones, curiosa. ‘¡Para!’. Demasiado tarde: sacó mi tanga negro favorito, lacado, girándolo en el dedo. ‘¡Mira, coquin!’, reí. Él enloqueció. Me tiró al colchón, peso sobre mí, pierna entre las mías. Me arrancó el tanga de la mano, polla tiesa rozando mi entrada. ‘¡Fóllame ya!’, supliqué. Embistió brutal, dientes apretados, ‘¡Eres mía!’. Brazos atrapados, gemí alto, coño tragándoselo entero. Golpes salvajes, piel chocando, ‘¡Más profundo, joder!’. Su aliento corto en mi cuello, olor a hombre excitado. Eyaculó dentro, chorros calientes inundándome, yo corriéndome gritando, uñas en su espalda.
Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos, chimenea lejana. ‘Ahora explícame, después de follarme así’, susurré, acariciando su pecho. Suspiró, contó todo: slips de novia, soutiens push-up, plugs vibrantes, godos en espejo. ‘¿Te vestías de puta para pajearte?’, pregunté sonriendo, no juzgando. Brillaba: ‘¡Perfecto! Tengo un plan para Curtis’. Envolvió su polla floja con el tanga, labios cerca: ‘Necesito tu lado travesti. Vamos a atraparlo’. Agotados, felices, piel erizada de recuerdos. Esa noche, deseo total, sin filtros. Aún siento su semen dentro, calor eterno.