Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro domingo. Yo, Marta, una tía de 35 años, abierta como el primer día, con mi vida de soltera en esta ciudad costera. Todo empezó con ese maldito tablero de ajedrez gigante en la Plaza del Mercado. Muevo un peón, y al día siguiente, ¡zas!, alguien responde con un caballo y una nota: ‘¿Quieres jugar conmigo?’ El corazón me late fuerte. Era como un juego prohibido.
Días después, me invita a su piso. Subo, y ahí está él, Olivier, guapo, con esa mirada que te desnuda. Jugamos partida tras partida, riendo, rozándonos las manos. ‘Eres buena’, me dice, y yo siento su aliento en el cuello. La tensión crece. Sus ojos bajan a mis tetas, yo miro su paquete abultado. Un día, le digo: ‘Vamos a la playa, pero no me dejes sola’. Me lleva en brazos, su cuerpo duro contra el mío. Huele a hombre, a sal.
La chispa que encendió el fuego
En la arena, me quito la ropa. Bikini rosa, ajustado. ‘Pásame crema en la espalda’, le pido, voz ronca. Sus manos… Dios, calientes, resbalosas. Baja por mi culo, roza mi coño por debajo del tanga. ‘Marta… estás húmeda’, susurra. Yo jadeo, ‘No pares’. En el agua, nos salpicaremos, su polla dura contra mi vientre. Regresamos, besos salados, lenguas enredadas. ‘No aguanto más’, gimo. La razón se va a la mierda.
Llegamos a su casa empapados. ‘Ducha’, ordeno. Salgo desnuda, tetas firmes, coño depilado brillando. ‘Juguemos strip chess’, propongo, maliciosa. Pierdo a propósito. Me quedo en bragas, pezones duros como piedras. Él se quita todo: polla tiesa, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Ven aquí’, gruñe. Me tumba en la cama, me abre las piernas. ‘Qué coño tan rico, mojado para mí’. Me lame el clítoris, chupa fuerte, mete dos dedos. ‘¡Joder, sí! Más adentro’, grito, arqueándome.
Explosión de placer sin frenos
Me monta como un animal. Su polla entra de golpe, llena mi coño hasta el fondo. ‘¡Fóllame duro!’, suplico. Embiste salvaje, bolas golpeando mi culo. Sudor, olor a sexo puro. Cambio posición: yo encima, cabalgo su verga, tetas rebotando. ‘Mira cómo te como la polla’, gimo, apretando con mi chochito. Él me agarra las nalgas, mete un dedo en mi ano. ‘¡Ahhh, cabrón!’. Me corro primero, chorros calientes, cuerpo temblando. Él sigue, ‘Me vengo… toma mi leche’. Eyacula dentro, chorros potentes, mezclados con mis jugos.
Caemos exhaustos, pegados, sudorosos. Su polla aún palpita en mí, suave ahora. ‘Ha sido… increíble’, susurro, besando su pecho. Risas cansadas, caricias lentas. Su olor, el mío, el de nuestra follada. Me acurruco, piernas enredadas. ‘Quiero más’, digo bajito. Él sonríe, ‘Siempre’. Ese recuerdo quema aún, mi coño palpita al pensarlo. Fue pasión total, sin filtros. ¿Quién iba a decir que un peón movería mi mundo así?