Confesión ardiente: Mi polvo salvaje con el ingeniero de la Torre Eiffel

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. París, 1886, yo Lison, una española de 20 años recién llegada, cosiendo en la casa de modas de la rue de la Paix. Midinette guapa, con mi corsé apretado marcando tetas y caderas, falda ligera que deja ver el jupon. Ese día, en las Tuileries, tropiezo con mis botines. ¡Pum! Al suelo. Mis amigas ríen, pero él… Carlos-Henri, 26 años, ingeniero en los talleres de Eiffel, me levanta de un tirón. Mano firme en mi brazo, olor a hombre, a jabón y sudor fresco.

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“¿Estás bien, mademoiselle?” Su voz grave, ojos azules clavados en mí. Me sonrojo, la tobillo duele un poco, eh… me apoyo en su caña. Me acompaña al taller, charlamos. Al día siguiente, ahí está otra vez, me toca el pie, sube al gemelo. ¡Frío por la espalda! TiemBlo. “¿Mejor?” pregunta, y yo balbuceo un sí, huyendo con el coño ya húmedo.

La chispa que enciende el fuego

No paramos. Paseos diarios, él alardeando de su viaducto en Auvergne, de la Torre que va a clavar en París. Yo lo miro, su boca, sus manos. Un día, nubes negras, lluvia torrencial. Me abriga con sus brazos, corro, nos metemos en un portal. Agua chorreando, risas nerviosas. Nuestros ojos se cruzan… y zas, me besa. Suave al principio, labios calientes, luego lengua invadiendo mi boca, manos en mi cintura. Mi razón se va al carajo, el deseo arde, siento mi chochito palpitando, sus pantalones duros contra mí. “Ven conmigo”, murmura, y yo, perdida, lo sigo a su piso.

En su habitación, apaga la luz. Temblando, me desnuda. Corsé fuera, tetas libres, bragas empapadas. Me meto en las sábanas frías, él se quita todo. Su cuerpo caliente contra el mío, besos en el cuello, pezones duros bajo sus dedos. Baja, lame mi barriga, llega al pubis. ¡Dios! Su lengua en mis labios, chupando el clítoris. Echaos piernas, gimo bajito. “¿Te gusta?” pregunta ronco. “Sí… no pares”. Olor a sexo, mi jugo en su boca, él jadeando.

Explosión de placer sin frenos

Me agarra la mano, la pone en su polla. ¡Madre mía, dura como hierro, gorda, venosa! La aprieto, la meneo torpe al principio, él gruñe de placer. Se pone entre mis piernas, roza mi entrada húmeda. “Relájate, preciosa”. Empuja, entra despacio. Llenándome, estirándome, sin dolor, solo placer puro. Empieza a bombear, lento, luego rápido. Yo araño su espalda, “¡Más fuerte, Carlos!”. Juega con mi botón, tetas rebotando. Sudor mezclado, pieles chocando, su aliento en mi oreja: “Eres tan apretada, joder”.

Acelera, polla hinchada dentro, mis paredes apretándola. Siento el orgasmo venir, violento. “¡Me corro!” grito, él se tensa, chorro caliente inundándome. Gime mi nombre, colapsamos. Polla aún palpitando, semen goteando.

Agotada, feliz, piel pegajosa, olor a folleteo en las sábanas. Me levanto, él me da agua, jabón, toalla. Me lavo rápido el coño chorreante, vistiéndome con piernas flojas. “Vuelve pronto, Lison”. Sonrío, corro al taller, tarde pero radiante. Ese polvo… su sabor salado en mi mente, el calor de su semen. Aún me mojo recordándolo, chicas. ¿Quién dijo que 1886 era recatado?

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