Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Soy Valeria, llevo quince años en esta empresa, organizando todo como una reina. Max, mi jefe, es un tío alto, con ojos que te desnudan, casado pero con esa mirada que quema. Todo cambió con Lidia, la nueva. Llega con faldas cortas, escotes que dejan ver tetas perfectas, tatuajes asomando. Yo, que siempre fui la discreta, empecé a ponerme lencería fina, blusas que marcan mis pezones, para no quedarme atrás. Eh… notaba cómo Max me miraba, su aliento se aceleraba en las reuniones, rozaba mi mano al pasarme papeles. La tensión crecía, insoportable. Un día, después de un viaje con ella a Béziers, donde Lidia se cambió y mostró culito prieto, Max volvió raro, excitado. Yo sentía mi coño humedecerse solo viéndolo.
Esa tarde, el despacho vacío. Yo termino tarde, voy a avisarle que me voy. La puerta entreabierta… dios, lo veo. Sentado, pantalón bajado, polla dura en la mano, gorda, venosa, el glande rojo brillante de precum. Se pajea lento, ojos cerrados, imaginando sabe dios qué. Mi corazón late fuerte, mi tanga se moja al instante. El olor a hombre caliente me golpea. No pienso, entro. Él abre los ojos, sorprendido, pero no para. Yo… levanto mi falda, meto la mano en mi coño empapado, gimo bajito. ‘¿Qué coño haces, Valeria?’, dice ronco. ‘Tú empezaste, jefe’, susurro, acercándome. La razón se va a la mierda. Su polla palpita, mi clítoris duele de ganas.
La chispa que enciende el fuego
Me agarra del culo, fuerte, me sube al escritorio. ‘Joder, Val, estás chorreando’, gruñe olfateando mi cuello. Le bajo los pantalones del todo, su polla salta libre, enorme. Me la meto en la boca, saboreo el precum salado, chupo el glande hinchado, lengua girando. Él gime, ‘¡Sí, cabrona, trágatela!’. Me pone a cuatro en el sillón, falda arremangada, tanga a un lado. Siento su aliento en mi coño, lame mis labios hinchados, chupa el clítoris como loco. ‘¡Oh, joder, Max, no pares!’, grito, culo en pompa. Me penetra de un empujón, su polla gruesa me abre entera, toca fondo. ‘¡Qué coño tan apretado!’, jadea, clavándome los dedos en las caderas. Me folla brutal, piel contra piel chapoteando, bolas golpeando mi clítoris. Sudor caliente, olor a sexo puro. ‘Más fuerte, rómpeme, ¡fóllame como a puta!’, le ruego, arqueándome. Él acelera, ‘¡Toma, zorra, toda mi leche!’. Siento sus contracciones, me inunda caliente, mi orgasmo explota, coño estrujándolo, piernas temblando.
Caemos exhaustos, su polla aún dentro, goteando. Me besa el cuello, sudor mezclado, respiraciones entrecortadas. ‘Ha sido… increíble, Val’, murmura, saliendo despacio, semen chorreando por mis muslos. Yo sonrío, piernas flojas, coño palpitante. ‘Sí, jefe, pero fue puro instinto’. Nos limpiamos rápido, risas nerviosas. Él cierra la puerta esta vez. Salgo con el recuerdo quemándome: su piel ardiente, ese sabor, el vacío delicioso después. Ahora, cada mirada en el despacho es fuego. No me arrepiento, chicas, el deseo manda.