Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Tengo que soltar esta confesión que me quema por dentro. Soy Sofia, super abierta al sexo, vivo mis ganas sin frenos. Todo empezó con Martin, mi osito blanco del salón de una venta benéfica. Le hablo cuando estoy sola, me hace compañía. Luego vi a Teddy en una tienda Harley: osito miel con casco negro, camiseta corta dejando ver su pancita redonda, cara de malo que me mojó al instante. Lo compré y lo puse en la cabecera de mi cama de hierro, brazos alrededor del poste, mentón en la bola. Uf, perfecto.
Unos días después, mi Carlos vuelve de viaje y ¡zas!, me regala a Boy, el gemelo exacto pero con gorra de cuero. ‘Para que Teddy no esté solo, amor’, me dice riendo. Follando como animales esa noche, su polla gruesa partiéndome el coño, gemidos hasta el amanecer. Él se va temprano al curro, yo me levanto tarde, feliz. Pero esa noche… ay, Dios. Llego cansada, dejo el abrigo, zapatos fuera, voy a la habitación. Cierro cortinas pero dejo la luna entrar, me encanta esa luz plateada. Me desnudo, piel caliente aún del recuerdo de Carlos lamiéndome. Ducha rápida, agua resbalando por tetas y culo. Vuelvo, pongo reloj a las seis, beso a Teddy y Boy en el morrito. ‘Buenas noches, mis chicos’. Cabeza en almohada, y pum, sueño caliente: Carlos entre mis piernas otra vez. Empujo la sábana, quedo desnuda, piernas abiertas, coño expuesto, montículo rasurado palpitando. El aire fresco me eriza pezones. El deseo sube, insoportable. Siento… ¿movimiento? Teddy y Boy bajan. No sé si sueño o qué, pero su pelaje roza mi piel. La razón grita ‘para’, pero el coño manda. Llégo al límite, la tensión sexual me ahoga.