Confesión ardiente: Mi trío salvaje con los obreros de la reforma

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Soy Camille, profe de filosofía en Madrid, con mi casita en reforma. Vladimir y Mokhtar, los dos tíos del equipo de mi padre… quiero decir, del contratista. Vladimir, el ruso grandote, calvo y fuerte como un toro, y Mokhtar, moreno, experimentado, con ese culo apretado que me volvía loca mirándolo desde abajo.

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Era un día de lluvia, mi madre había salido de compras. Yo bajé con un short negro ajustado y una blusa suelta, sin sujetador, los pezones marcándose un poco. Les invité a café arriba, en mi rinconcito del piso de arriba. Nos sentamos, el vapor del café subiendo, el humo de su Gitane llenando el aire. Hablamos de tonterías, yo soltando mis rollos filosóficos sobre el deseo, el sentido de la vida… pero mis ojos iban a sus pantalones manchados de pintura, imaginando qué escondían.

La chispa que encendió el fuego

Vladimir me miraba el escote, inclinándose, y yo no lo paraba, al contrario, le guiñaba. Mokhtar fumaba tranquilo, pero vi cómo se le ponía dura la polla bajo el jean. El corazón me latía fuerte, el coño me picaba, húmedo ya, oliendo a sexo en mi cabeza. ‘¿Os gusto?’, les solté de repente, voz ronca. Vladimir dudó, ‘Eh… sí, guapa’. Mokhtar apagó el cigarro, me miró fijo. La tensión era un puto incendio. No aguantaba más, la razón se fue a la mierda. ‘Tocadme’, les dije, y ya estaba.

Me levantaron la blusa, cuatro manos callosas en mis tetas gordas, pezones duros como piedras. Grité bajito, ‘¡Joder, sí!’. Les bajé las bragas, pollas saltando fuera: la de Vladimir roja, larga, venosa; la de Mokhtar más gorda, curva, perfecta para rellenarme. Me arrodillé, boca en una, mano en la otra. Chupé a Mokhtar primero, saliva goteando, él gimiendo ‘¡Hostia, Camille!’. Vladimir me follaba la boca alternando, su piel salada, sudor mezclándose con mi baba.

La explosión de placer crudo

‘Al dormitorio’, jadeé. Desnudos en la cama, yo tumbada, tetas cayendo a los lados. Mokhtar entró primero en mi coño, ¡uf!, me partió en dos, embistiendo fuerte, piel contra piel chapoteando. Vladimir me besaba el cuello, barba raspando, mordiendo tetas. Gemía como loca, ‘¡Más, folladme duro!’. Cambiamos, yo encima de Vladimir, su polla en mi culo apretado, bajando despacio… ardía, pero joder, qué placer. Mokhtar me la metió en la boca, follando mi garganta. Sudor, olor a coño mojado y pollas calientes, respiraciones cortas, ‘¡Me vengo!’, grité, temblando, chorros en mi culo y cara, semen caliente goteando por tetas y labios.

Uf, después… nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos, risas nerviosas. Mokhtar encendió otro cigarro, Vladimir me acariciaba la barriga suave. Yo flotaba, feliz, agotada. ‘Spinoza tenía razón, ser libre es cumplir tu necesidad’, les dije riendo. Bajamos, yo con 96 kilos y orgullosa, ‘No me aplastéis la próxima, ¿eh?’. El recuerdo quema aún, mi coño palpita solo de pensarlo. Fue puro instinto, deseo total. Quiero más.

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