Confesión ardiente de la Coronel: Mi chófer caporal me hizo perder el control

Acababa de llegar el nuevo caporal, fresco de la academia, asignado como mi chófer personal en el cuartel. Yo, la coronel Edwige, de unos 45 años, rubia, con el uniforme ajustado que marcaba mis curvas. Lo vi entrar en mi despacho, tieso como una vara, con esa mirada de sorpresa al descubrir que su superior era una mujer. ‘A sus órdenes, mi coronel’, dijo, tendiéndome el papel. Sonreí por dentro. ‘Repos, caporal. Serás mi chófer unos meses. La safrane siempre impecable, ¿entendido?’.

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Al día siguiente, lo llamé para un viaje a un almacén a 100 km. Salí del comedor de oficiales, cartera en mano, el uniforme ceñido a mis caderas. Él corrió a abrir la puerta. ‘¿Delante o detrás, mi coronel?’, soltó sin pensar. Lo fulminé con la mirada, pero su rubor me excitó. ‘Detrás, por favor’. Subí, crucé las piernas, y noté cómo sus ojos bajaban a mis muslos. ¿Medias o pantis? Imaginaba su polla endureciéndose.

La tensión que estalla en el coche

En la carretera, ajustó el retrovisor. Lo pillé mirándome los pechos, el escote sutil del uniforme. ‘¿Contento con el servicio, caporal?’, pregunté. ‘Sí, mi coronel… feliz de conducir a una mujer como usted’. Galante, el chico. Hablamos: soltero, cerca de casa. Silencio cargado. Sus ojos volvían una y otra vez. Sudor en su nuca, mi coño empezaba a humedecerse bajo la falda. Al volver, tarde, nadie en el cuartel. ‘Ven a mi despacho en 10 minutos. Cosas que aclarar’.

Entró nervioso. ‘Cierra con llave’. Me miró, intrigado. Yo de pie, fusta en mano. ‘Te pillé mirándome, cochino. Bajaste el retrovisor para ver mis tetas, intentaste espiar bajo mi falda’. Negó, tartamudeando. ‘Mientes, vicioso’. Zap, un golpe en el culo con la fusta. ‘A rodillas’. Cayó. Otro azote. ‘Bájate los pantalones’. Temblando, obedeció. Su culo firme, slip tenso. La fusta rozó sus nalgas, sus huevos. ‘¡Quítate el slip!’. Desnudo el trasero, lo palpé. ‘Bonito culito, caporal’. Zap. Dolor en su gemido.

‘A cuatro patas, bajo el escritorio’. Obedeció. Olía a mi excitación ya, piernas abiertas, falda subida, tanga negra apartada, labios hinchados brillando de jugos. ‘Mira lo que querías, ahora lame’. Empujé su cabeza con la fusta. Su lengua tocó mi clítoris, lamió voraz. ‘¡Sí, come el coño de tu coronel! Lengua en el botón… ¡Joder, qué bien chupas!’. Gemí, aliento corto, piel ardiendo. Dedos en su pelo, frotando mi chochito depilado en su boca. Orgasmo brutal, chorros en su cara.

El castigo que se convierte en éxtasis

‘Desnúdate todo’. Polla dura como hierro. Lo senté en el borde del escritorio, yo con tetas fuera, pezones duros. Lo pajee, chupé su verga, dedo en su culo virgen. ‘Levanta las piernas, enséñame el ojete’. Saliva, lo abrí. Fusta lubricada, la metí. ‘¡Branléate!’. Se masturbaba gimiendo, yo pinchando su próstata. Saqué un dildo del cajón, lo mojé en mi coño clapotante. Lo cambié por la fusta, entró suave. ‘¡Te encanta que te folle el culo, eh!’ Mano en su polla, boca succionando. Explotó, leche caliente en mi garganta. La tragué toda, besándolo con su sabor.

‘Dámelo ahora’. Me puse a cuatro sobre el escritorio, culo en pompa. ‘Fóllame’. Primero coño, resbaladizo, piel sudada pegándose. ‘¡Más hondo!’. Luego, saliva en mi ano, su glande presionó. Entró, apretado, caliente. ‘¡Enciñe a tu coronel!’. Embestidas brutales, mis tetas rebotando, olor a sexo denso, sudor, polla en mi culo. ‘¡Me encanta tu verga gruesa! Cambia al coño… ¡Sí!’. Otro orgasmo mío, él gimiendo, corriéndose dentro.

Caímos exhaustos, yo con su semen chorreando, él jadeando. ‘Buen chófer… y buen guardaespaldas. Repite o te azoto más’. Sonreí, mano en su polla floja, reviviéndola. Ocho meses así, uniformes sudados, despachos olientes a corrida. Qué servicio militar tan jodidamente perfecto.

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