Cada día de esa semana volvía a su casa. Oía el traqueteo de mi viejo coche en la gravilla y salía corriendo al porche. No quería perderme cómo se arreglaba el escote en el retrovisor, soltando mechones de su pelo suelto. En el hospital llevaba el moño apretado, pero conmigo… ay, conmigo dejaba que esas ondas morenas me rozaran los hombros pálidos.
Bajaba del coche con gracia, perfecta siempre. Sus vestidos ligeros por el calor del verano la cubrían demasiado a mi gusto. Soñaba con arrancárselos. Subía los escalones, pero primero… siempre lo mismo. Se ponía de puntillas, cogía una rosa del rosal enorme junto a la ventana. La olía con los ojos cerrados, pétalos suaves en la nariz, sonrisa satisfecha. ‘¡Me saluda a mí antes que a ti!’, bromeaba yo desde la puerta. Ella reía: ‘Tu ritual es más raro, mirándome como bobo sin acercarte’. Me pillaba siempre. Mi deseo la ponía nerviosa, huía a las flores.
La chispa que enciende el fuego
Entraba, me guiaba a esa banqueta donde todo empezó. Se sentaba ahí, como celebrando la primera vez que cedió. No hablaba de su marido, de sus hijos. Pero lo veía en sus ojos oscuros, más negros cuando subía la falda. Nada de bragas. Nunca. ‘Ven…’, murmuraba, agarrándome la nuca. Empujaba mi cara a su coño ya húmedo. Grandes labios elásticos, jugosos. Lamía las pequeñas, saladas, dulces. Metía la lengua tiesa dentro, agitándola rápido. Ella jadeaba, eh… me apartaba si mordía demasiado el clítoris hinchado.
De repente, me subía, me quitaba los pantalones y se tragaba mi polla. No era experta, saliva escasa, torpe. Pensaba en Stéphanie entonces, la del servicio de limpieza. Ella sí chupaba como diosa, lengua mágica, dientes suaves. Pero con él… eyaculaba en su cara, ella reía y corría al baño.
La tensión crecía. Ese día le propuse: ‘Quédate el finde entero’. ‘No, no estaría bien’, dijo firme. Cambié de tema: ‘Vamos al camino del bosque’. Salió sin esperarme, rápida. La seguí, aceleró. En el campo en barbecho se metió, pensando seme. Sabía que era trampa, sin salida hasta el arroyo. La alcancé, salté, la agarré por la cintura. Se debatía fingiendo, piel caliente, abdomen firme. Caímos en la hierba seca. ‘¿Te hice daño?’, pregunté. Sonrió, cerró labios. Miró la haie, se tumbó: ‘Otra vez…’. Olía a su jabón en su hombro.
Explosión de placer sin frenos
Subió la falda, coño afeitado brillando de jugos bajo el sol. Me levanté: ‘Bajemos al arroyo’. La llevé, la tiré suave en la orilla fresca. Besos urgentes, piel ardiendo. Le arranqué el vestido. Tetas firmes, pezones duros. Mordí uno, gemí ella: ‘¡Sí, joder!’. Mi polla tiesa contra su muslo húmedo. ‘Fóllame ya’, suplicó, piernas abiertas. Le metí dos dedos, chorreaba. Saqué un condón a prisa, se lo puse. Empujé el glande en su entrada resbaladiza. Resistió un segundo, luego… ¡zas!, entró hasta el fondo. Coño apretado, caliente, succionando.
La embestí fuerte, hierba pinchando espaldas. ‘¡Más, cabrón!’, gritaba en mi oreja, uñas clavadas. Sudor mezclado, olor a sexo fuerte, tierra mojada. Aceleré, pelotas golpeando su culo. Ella se corrió primero, coño convulsionando, chillidos agudos: ‘¡Me vengo, Dios!’. No aguanté, descargué chorros potentes dentro del látex. La besé jadeando, cuerpos pegados.
Después… uf, qué cansancio dulce. Yacimos ahí, río murmurando, sol calentando pieles. Su cabeza en mi pecho, respiraciones calmándose. ‘Ha sido… increíble’, susurró. Sonreí, recordando cada detalle: su coño palpitante, mi semen caliente, ese olor nuestro. La razón se fue hace rato. Solo deseo puro. Quiero más.