Ay, Dios… no sabes lo que me pasó el otro día. Soy Francisca, la de la marroquinería del centro, siempre con mi lengua suelta contando chismes. Hace años, solté que Jaco, el director del concesionario, era un inútil en la cama, que por eso su ex lo dejó. Bobadas de juventud, ¿sabes? Pero ahora… uf, ahora quiero contarte cómo acabé en su hotel, con las bragas empapadas y el coño ardiendo.
Fui a probar un coche de lujo. Él me miró, esos ojos que me taladraban. ‘Francia, ¿sigues casada con ese borracho del Arthur?’, me dijo con una sonrisa pícara. Cenamos en un restaurante pijo. Vino, risas, y de repente su mano en mi rodilla. ‘Sé lo que dijiste de mí’, murmuró. Sentí un calor subiendo por mis muslos. Intenté bromear, pero mi pezón se endureció contra el sujetador. ‘Pruébame’, le reté. Subimos a la habitación. Me ayudó a quitarme el vestido, despacio. Sus dedos rozaron mi piel, olía a su colonia fuerte, masculina. Me quedé en tanga y sujetador, con mis estrías a la vista. Él no dijo nada, solo miró mi tripa, mis tetas pesadas. Me arrodillé para quitarle los zapatos, y ahí vi el bulto en su pantalón. Grande. Duro. Mi boca se hizo agua. ‘¿Me deseas?’, preguntó. Asentí, jadeando. La tensión era insoportable, mi coño chorreaba, las bragas pegadas. Intenté resistir, pensar en Arthur… pero no. Quería su polla ya.
La chispa que encendió el fuego
Me tiró en la cama. ‘Voy a hacerte callar esa boca’, gruñó. Bajó mi tanga, despacio, oliendo mi sexo. ‘Qué coño tan depilado, tan jugoso’. Se arrodilló y metió la cara entre mis muslos. Su lengua… ay, su lengua lamió mi raja de arriba abajo. ‘¡Sí, Jaco, lame mi coño!’, gemí. Chupaba mi clítoris, hinchado como una cereza. Metió un dedo, luego dos, revolviéndome las paredes. Mi cyprine salía a chorros, mojando su barbilla. Me retorcía, piernas abiertas, pies en el aire. ‘¡Joder, qué rico! Nadie me come el chocho así’. Él no paraba, mamaba mis labios mayores, hinchados, y de repente su dedo me rozó el culo. ‘¡No, sí, mételo!’. Empujó el dedo en mi ano apretado, mientras lamía. Orgasmos me sacudían, gritaba como loca.
El polvo salvaje sin frenos
Me giré, le bajé los pantalones. Su polla saltó, venosa, goteando pre-semen. ‘Mira lo que provocas’, dijo. La embuché entera, hasta la garganta. Slurp, slurp, la chupaba como una puta experta. Le lamí las huevos, pesadas, oliendo a macho. Él gemía: ‘¡Cojones, qué boca!’. Me puse a cuatro patas. ‘Fóllame, Jaco, métemela ya’. Apuntó su glande a mi entrada, resbaladiza. Un empujón, y entró hasta el fondo. ‘¡Aaaah! Qué polla gorda’. Me taladraba, cacheteando mis nalgas. Sudor por todos lados, su pecho contra mi espalda, aliento caliente en mi cuello. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando. ‘¡Dame más, rómpeme el coño!’. Él me pellizcaba los pezones, me azotaba el culo. ‘Vas a correrte dentro, lléname de leche’. Aceleró, polla hinchándose. ‘¡Me vengo!’. Su semen caliente me inundó, chorro tras chorro. Yo exploté, coño contrayéndose, ordeñándolo.
Caímos exhaustos, pegajosos de sudor y fluidos. Su polla aún dentro, palpitando. ‘Joder, Francisca… eras una diosa’, murmuró, besándome el cuello. Yo sonreía, piernas temblando, coño adolorido pero feliz. El olor a sexo llenaba la habitación, su semen goteando de mi raja. Me sentía viva, follada como merecía. Arthur… qué más da. Esto fue pasión pura, sin filtros. Aún siento su calor en mi piel, ese sabor en la boca. Quiero más, pero por ahora, este recuerdo me hace mojarme sola.