Era finales de agosto, volvía de vacaciones en España con Julien, mi marido, cuando el Scenic se averió en la autopista. Llamé a Pedro, el mejor amigo de la familia, para que me recogiera y me llevara a Reims. Él llegó sonriente, bronceado, con esa mirada que siempre me ha puesto nerviosa. Subí al coche, aún con mi faldita blanca de verano, llena de bolsas y plantas. Me agaché en la parte trasera para organizar, y sentí cómo la falda se subía… mi culito en bragas amarillas al aire, expuesto ante sus ojos. Noté su mirada quemándome la piel, el calor subiendo por mis muslos. No dije nada, pero mi coño empezó a palpitar.
En el camino, me quedé dormida. Desperté en una área de servicio. Tomamos café. Le conté todo: cómo Julien me humillaba por mis kilos, controlaba mi comida, me regaló una membresía a Weight Watchers en nuestro aniversario. Lágrimas en los ojos, rabia. Pedro me miró serio: ‘Eres preciosa, María, no dejes que te rompa’. Su mano en mi rodilla, un roce inocente… pero mi clítoris se endureció. La tensión crecía, insoportable. Llegamos a casa al atardecer. Llamé a Julien para joderle un poco: ‘Pedro se queda a cenar, íntimo a la luz de las velas’. Su respuesta fue cruel, me llamó gorda ridícula. Colgué llorando.
La chispa que enciende la tensión
Entré en el salón con el rostro rojo. Pedro fumaba en la terraza. Me planté ante él, decidida. ‘Pedro, dime la verdad: ¿puedo aún excitar a un hombre? Julien dice que soy un elefante de mar’. Sin esperar, me quité el vestido. Quedé en bragas y sujetador rojo picante. Sus ojos se clavaron en mis tetas, mi barriguita, mi culo grande. ‘Estás increíble’, murmuró. Me tomó del brazo, me llevó a la habitación conyugal. ‘Al pie del muro se ve al albañil’, dije riendo nerviosa.
Tiró las sábanas, se desnudó rápido. Yo me incliné sobre la cama, culo en pompa, bragas rojas tensas sobre mis nalgas carnosas. Él se arrodilló, bajó la braguita de un tirón. Olía a jazmín fresco de mi ducha. ‘Dios, María…’, jadeó. Lamida mi coño hinchado, pelos rubios en su lengua. Exploró todo: labios jugosos, clítoris palpitante, hasta mi culito apretado. Gemí, piernas temblando. Me giré, lo senté en la cama, le chupé la polla dura, venosa, gimiendo con cada tragada. Saliva chorreando, bolas en mi mano.
El clímax brutal y el dulce aftermath
Me tumbé, piernas en sus hombros. Liberó mis tetas, las amasó. Entró de un empujón, polla gruesa abriéndome el coño empapado. ‘¡Fóllame fuerte, Pedro!’. Ritmo salvaje, pellizcos en pezones, sudor mezclándose. Cambiamos: yo encima, cabalgando, culo rebotando. Él gruñía, manos en mis caderas. ‘¡Me corro!’, chillé, coño contrayéndose en espasmos. Él eyaculó dentro, chorros calientes llenándome, aún con calcetines puestos. Colapsamos, jadeos entrecortados.
Después, risas. ‘Me has hecho bien, en todos los sentidos’, susurré. Cenamos en ropa interior, yo con bragas XXL. Le pedí que se quedara. Noche en el sofá para él. Regué las plantas de Julien… desnuda, pis caliente saliendo de mi coño, salpicando los tiestos. Al día siguiente, desayuno. Me unté gelée de frambuesa en el culo. ‘Prueba la entrada de servicio, Pedro, para mi nueva vida’. A cuatro patas frente al espejo, polla en mi ano virgen. Dolió, estrecho, pero lo intentamos. Al final, levrette brutal: polla en coño, embestidas feroces hasta corrernos de nuevo.
Ahora, Julien lava, cocina, yo vivo libre. Pedro y yo seguimos follando. Aquella noche cambió todo. El olor de su semen, el sabor de mi coño en su boca… lo recuerdo y me mojo al instante.