Ay, Dios… o mejor dicho, el diablo, porque esto fue puro pecado. Soy Marie-Anne, la criada de la casa de Montespan en Versalles, 1676. Mi Baptiste acababa de llegar del Poitou, oliendo a caballo y a tierra húmeda. Lo encontré en los pasillos oscuros, bajo los techos del palacio. Sus ojos… uf, me miraban como si quisiera devorarme. ‘Marie-Anne, mi amor…’, murmuró, con la voz ronca. Yo, temblando por la misión que me acababa de dar la marquesa des Œillets: robar un veneno del cuarto de la favorita. Miedo, sí, pero también un calor que me subía por el coño. Lo abracé fuerte, su pecho duro contra mis tetas. ‘Ven, arriba, al desván’, le dije, tirando de su mano.
Subimos las escaleras chirriantes, el corazón latiéndome como un tambor. La habitación era un cuchitril, cama estrecha, olor a madera vieja y a nuestras ansias. Nos besamos… salvajes. Sus labios ásperos, mi lengua buscando la suya. ‘Te he soñado cada noche’, jadeó él, manos en mi culo, apretando. Yo ya estaba mojada, el vestido pegado a la piel por el sudor. Le conté lo del veneno, del rey… ‘¿Qué? ¡Estás loca!’, exclamó, pero sus ojos brillaban de deseo y miedo. La tensión… insoportable. Mi mano bajó a su bragueta, sentí su polla tiesa, enorme, palpitando. ‘Fóllame, Baptiste. Ahora. Antes de que todo se vaya al infierno’. Él dudó un segundo, eh… pero el deseo ganó. Me tumbó en la cama, rasgando mi corpiño. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras.
La chispa que enciende el fuego
La razón… se fue al carajo. Sus manos everywhere, calor de su piel quemándome. Me besó el cuello, mordiendo suave, bajando a chupar mis tetas. ‘¡Ay, sí! Más fuerte’, gemí, arqueándome. Olía a él, a hombre puro, sudor y cuero. Le bajé los pantalones, su polla saltó, venosa, goteando precum. La agarré, masturbándola lento. ‘Joder, Marie-Anne, me vas a matar’, gruñó. Yo me quité la falda, piernas abiertas, coño hinchado, labios mojados brillando a la luz de la vela. ‘Métemela ya’. Él se lanzó, lengua primero, lamiendo mi clítoris, chupando mis jugos. ‘¡Oh, Dios! Tu coño sabe a miel caliente’, murmuró, metiendo dos dedos, follando adentro. Yo gritaba bajito, no vaya a oírnos un guardia. La tensión sexual… explotó.
El clímax brutal y el éxtasis final
Entonces, el acto. Brutal. Me puso a cuatro patas, polla en mi entrada. ‘¿Lista?’, preguntó, voz entrecortada. ‘¡Fóllame como un animal!’, supliqué. Empujó de golpe, llenándome entera. ¡Joder! Dolor y placer mezclados. Su polla gruesa abriéndome, golpeando fondo. Ritmo feroz, piel contra piel, slap-slap. ‘¡Más! ¡Rompe mi coño!’, chillaba yo, uñas en las sábanas. Él me agarraba las caderas, sudor goteando en mi espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando. ‘Mira cómo te trago la polla’, le dije, subiendo y bajando, coño apretándolo. Él gemía, ‘¡Voy a correrme!’. ‘¡Dentro! Lléname de leche caliente’. Aceleré, clítoris frotando su pubis. Orgasmos… uno tras otro. Él explotó primero, chorros calientes inundándome, yo temblando, squirteando un poco. Colapsamos, jadeando.
Después… uf, la fatiga feliz. Acurrucados en esa cama minúscula, su semen chorreando de mi coño, olor a sexo impregnando todo. ‘Eres mi puta favorita’, rio él, besándome la frente. Yo sonreí, exhausta, piernas temblando aún. ‘Y tú mi semental’. Pero el recuerdo… arde. Esa noche, el deseo tomó el control total, antes de la misión que casi nos mata. Aún siento su polla dentro, el calor, los gemidos. Si cierras los ojos, ¿lo oyes? Slap-slap, ay, sí… puro fuego eterno.