Confesión ardiente: Desnuda en el pedaló, el deseo me devoró en Córcega

Ay, Dios… Fue esta tarde en la playa del golfo de Porto-Vecchio, en Córcega. Vacaciones con mi marido, los dos en los cuarenta, casados quince años. Yo, morena, ojos avellana, 1,70, cuerpo aún firme, tetas redondas que le vuelven loco. Nos ponemos desnudos en la playa desde hace dos años, pero siempre juntos. Hoy… hoy alquilé un pedaló sola. Me quité el bikini, string y todo. El sol quemaba mi piel, el agua salada lamía mis muslos. De repente, un planchista… alto, moreno, con esa tabla cortando olas. Pasó cerca, una, dos veces. Sentí sus ojos clavados en mi coño depilado, expuesto al viento. Mi corazón latió fuerte. Me excité. Mucho.

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Volví a la toalla, tetas al aire, string húmedo. Mi marido descansaba. Le conté bajito, sin mirarle: ‘Me puse desnuda en el pedaló… Ese tipo pasó varias veces, me miró’. Silencio. Él tragó saliva. Yo noté su polla endurecerse bajo la toalla. ‘¿Te gustó?’, preguntó con voz ronca. ‘Sí… me sentí viva, expuesta’. Otro silencio largo. Imaginé su mente: yo abierta de piernas, coño hinchado por el sol, él admirándome. ‘Si te gustó, hazlo otra vez. Alquila otro. Te miro desde aquí. Es nuestro juego’. Me giré, sonriendo: ‘¿Perverso? Vale, pero si se acerca…’. ‘Habla con él, nada más’. Me levanté, tetas rebotando, culo al aire. El chico del pedaló babeó viéndome. Pedaleé lejos. Me quité el string. Nuevamente desnuda. El mismo planchista… o quizás otro. Se acercó. Paramos. Hablamos. ‘Estás increíble así’, dijo. Su voz grave, salada. La tensión crecía. Mi coño palpitaba, jugos bajando por muslos. Él dejó la tabla. ‘¿Puedo subir?’. Dudé. ‘Solo un rato’. Subió. Cuerpo bronceado, olor a mar y sudor. Nuestras pieles rozaban. La razón… se fue.

La chispa que encendió la hoguera

Sus manos temblaban al tocar mis tetas. Pezones duros como piedras. Los pellizcó, suave al principio. Gemí. ‘Joder, qué firmes’. Bajó una mano, rozó mi vientre, llegó al coño. Mojado, abierto. Metió un dedo, luego dos. ‘Estás empapada, puta’. Arqueé la espalda, pedaló bamboleándose. Su polla… Dios, larga, gruesa, dura contra mi muslo. La agarré. Caliente, venosa. La apreté, masturbé fuerte. Él jadeaba, dedos follando mi coño, pulgar en el clítoris. ‘Me vengo…’. Grité, orgasmo brutal, chorros calientes. Él explotó en mi mano, leche espesa chorreando por mis dedos, olor fuerte a sexo. Nos miramos, sudados, sin palabras. No follamos, pero… fue puro fuego.

Volví a la playa, piernas flojas, coño sensible rozando el string. Me tiré en la toalla. Él esperó. ‘Subió… me tocó las tetas, el coño. Yo… le pajé la polla hasta que se corrió. Y él me hizo correrme’. Silencio culpable. ‘Perdóname, pero tú me animaste. Era irresistible, desnuda con él, su piel ardiente…’. Me besó. ‘Te amo. Me excita’. Sonreí, cansada, feliz. Esa noche follamos como animales, recordando. El olor de su semen en mi piel, mi coño palpitante… Aún lo siento. ¿Volvería a hacerlo? Sí. El deseo manda.

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