Confesión ardiente: follé con el fantasma de Waterloo en una noche de fuego

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Estaba en Rowan, Carolina del Norte, hace unas semanas. Conocí a este hombre mayor, Michel, que antes de morir juraba ser el mariscal Ney, el bravo de Waterloo. Me invitó a su casa vieja, dijo que necesitaba contarme su secreto. Entré, el aire cargado de historia y algo más… prohibido.

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Sus ojos, intensos, me clavaron desde el sofá raído. Hablaba de París 1815, de Fouché, su amigo el duque de Otrante, de la fuga planeada. ‘Joseph me salvó la piel’, murmuraba, voz ronca. Yo, sentada cerca, sentía su calor. Su mano rozó mi rodilla. ‘¿Sabes lo que es huir con el diablo en los talones?’, dijo. Mi coño se mojó al instante. Eh… no sé, el peligro, su aura de soldado, me encendió.

La chispa que lo encendió todo

La tensión crecía. Me acerqué, olía a tabaco y sudor viejo. ‘Michel, cuéntame más’, le susurré, mi aliento en su cuello. Él tragó saliva, mano subiendo por mi muslo. ‘No debería… pero joder, eres fuego’. Nuestros labios se rozaron. Dudé un segundo, razón gritando ‘es un loco’, pero el deseo… uf, insoportable. Su lengua invadió mi boca, áspera, hambrienta. Manos en mi blusa, pechos libres. Gemí. La razón saltó por la ventana.

Me levantó como una pluma, pese a su edad. Contra la pared, falda arriba. ‘Te quiero ahora, puta caliente’, gruñó. Sus dedos en mi tanga, empapada. La arrancó. Mi coño palpitaba, olor a sexo llenando la habitación. Polla dura contra mi vientre, enorme, venosa. ‘Fóllame, Michel, como en Waterloo’, jadeé. Me penetró de un golpe, hasta el fondo. ¡Dios! Dolor y placer mezclados. Embestidas brutales, piel sudada chocando. ‘¡Más fuerte, joder!’, gritaba yo, uñas en su espalda.

El polvo salvaje sin control

Me giró, culo al aire. Entró por detrás, coño chorreando. Sus bolas golpeaban mi clítoris, ritmo feroz. ‘Eres mi zorra francesa’, rugía él, mano en mi pelo tirando. Yo arqueada, tetas balanceándose, sudor goteando. ‘¡Córrete dentro, lléname!’, supliqué. Aceleró, gruñendo como bestia. Sentí su polla hincharse, chorros calientes inundándome. Mi orgasmo explotó, piernas temblando, grito ahogado. Nos derrumbamos, él aún dentro, palpitando.

Después… uf, qué felicidad cansada. Acostados en el suelo polvoriento, su cabeza en mis tetas. Aliento corto, piel pegajosa, olor a semen y sudor. ‘Gracias, mi española loca’, murmuró, besando mi ombligo. Yo reía bajito, dedo trazando su pecho. ‘Vete al nuevo mundo con esto en la memoria’. Se durmió un rato, yo pensando en su polla aún semi-dura. Al amanecer, se fue… o murió, quién sabe. Pero ese polvo, chicas, me quema todavía. Quiero más.

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