Me llamaba el señor L., mi profe de historia en el insti durante dos años. Yo era una cría, pero ya sabía que me ponían los tíos mayores, casados, con familia. Nunca se lo conté a nadie, pero fantaseaba con él todas las noches, metiendo la mano entre las piernas imaginando su olor, su piel contra la mía.
Años después, con 22, en master, lo busqué en redes. Lo encontré fácil. Envié la petición de amistad con el corazón a mil. Al día siguiente, mensaje suyo: ‘Hola Alicia, me alegra verte aquí. Veo que vas bien en la uni. Suerte’. Me acordaba de mí. Le contesté, nerviosa, proponiendo un café cuando volviera al pueblo.
La chispa que encendió el fuego prohibido
Semanas sin respuesta. Pensé que lo había cagado. Pero al volver de un viaje, aceptó. Nos vimos en julio, calor asfixiante en la costa vasca. Yo con bikini y pareo transparente, él en bermuda y polo, más guapo que nunca. Sus ojos en mis tetas, mis piernas bronceadas. Charlamos hora y media, su mano grande con la alianza me volvía loca. Al despedirnos, ya me masturbé pensando en su polla.
Volvió a desaparecer. Frustrada, me lancé a las fiestas de Bayona. Alcohol, chicos, pero ninguno me llenaba. El último día, rojo y blanco por todos lados, lo vi aparecer solo, un poco pedo, sonriendo. ‘He perdido a mis amigos’, dijo. Tomamos copas. Cuatro, cinco. Mis amigos se piraron. Su brazo contra el mío, calor subiendo. ‘Eras de las guapas de clase’, soltó riendo. Mi mano en su antebrazo, él no se apartó.
La multitud nos apretaba. Beso. Sus labios duros, lengua invadiendo mi boca. Mano en mi culo. La suya en mi teta. Polla dura contra mi vientre. ‘No paro de pensar en ti’, murmuró. ‘Desde el insti te quiero follar’, respondí jadeando. ‘Vivo cerca’, le dije. Dudó. ‘Solo para llamar a tu amigo’. Caminamos de la mano, silencio pesado.
Explosión de pasión sin frenos
Llamó, tenía 20 minutos. Lo besé suave. Se fue. Esa noche, mensaje: ‘Necesito verte’. Corazón explotando. Al día siguiente, 16:30, sonó el timbre. Polo verde, mirada hambrienta. ‘¿A disculparte?’, bromeé. Me agarró las caderas, beso violento. ‘Te deseo desde que me escribiste’.
Le quité la camisa. Torso peludo, fuerte. Bajé sus pantalones, polla tiesa, gorda, venosa. La chupé, lengua en el glande salado, huevos pesados en mi mano. Gemía fuerte, ‘Joder, Alicia…’. Condón puesto, me tumbó en la mesa de la cocina. Piernas abiertas, entró de golpe en mi coño chorreante. ‘¡Qué apretada!’, gruñó. Embestidas brutales, mesa crujiendo, mis uñas en su espalda. ‘Fóllame más duro, profe’. Me levantó, contra la pared, polla hundiéndose hasta el fondo. Orgasmo me partió, gritando, él corriéndose dentro, caliente, temblando.
Nos quedamos pegados, sudor mezclándose, olor a sexo fuerte. ‘Te quiero…’, susurré sin pensar. Risas nerviosas. ‘Emotiva post-sexo’, balbuceé. Beso en la frente. A la cama, caricias lentas, follada segunda vez, misionero lento, suspiros. Se fue al anochecer, olor suyo en las sábanas.
Al día siguiente, resaca feliz, coño dolorido, sonrisa tonta. No más mensajes. Pero ese recuerdo quema: su polla en mi boca, mi coño tragándosela, el éxtasis. Lo reviviría mil veces.