Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Tengo 18 años, soy Luisa, hija del mejor sastre de Madrid en estos tiempos locos de 1785. Mi piel blanca, mis curvas que vuelven locos a los nobles… pero mi corazón es de Guillermo, el aprendiz de mi padre. Alto, moreno, con esa piel bronceada que contrasta con la mía. Nos veíamos a escondidas en el desván, besos robados, sus manos en mi corsé. Pero todo cambió cuando el duque de Montilla, ese cerdo libertino, pidió mi mano. Mi padre dijo no, y el muy hijo de puta quemó la tienda. Ruinados. Tuve que aceptar casarme con él para salvarnos. Esa noche, antes de la boda, le dije a Guillermo: ‘Tómame, amor. Quiero que seas tú el primero’.
Estábamos en mi cuarto, el aire pesado, mi corazón latiendo como un tambor. Él me miró, ojos negros de deseo. ‘Luisa, ¿estás segura?’, murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Yo asentí, temblando. Sus labios devoraron los míos, lengua dentro, saboreándonos. Sentí su polla dura contra mi vientre, enorme, palpitante. ‘Dios, Guillermo, no aguanto más’, gemí. Le arranqué la camisa, mis uñas en su pecho musculoso, oliendo a sudor y hombre. Él abrió mi corsé de un tirón, mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. ‘Eres perfecta’, susurró, chupándolos, mordisqueando. Un rayo de placer me subió por la espalda, mi coño ya empapado, goteando.
La tensión que me volvió loca
La tensión era insoportable. Nos desnudamos febriles, piel contra piel, calor abrasador. Su cuerpo fuerte sobre el mío, mis piernas abiertas instintivamente. Olía a sexo, a excitación pura. ‘Te quiero dentro, joder’, le rogué, voz ronca. Él bajó la cabeza a mi entrepierna, esa mata de pelo oscuro que cubre mi coño virgen. Lamía mi clítoris, succionando, lengua girando. ‘¡Ay, sí, ahí!’, grité, caderas arqueadas, jugos chorreando por sus labios. Yo no podía más, agarré su polla gruesa, venosa, la metí en mi boca. Chupé como loca, saliva por todas partes, vaivén profundo hasta la garganta. Él gemía, ‘Luisa, me vas a hacer correr’.
La razón se fue al carajo. ‘Fóllame ya’, exigí. Me puso encima, su verga en mi entrada, resbaladiza. Empujó despacio al principio, rompiendo mi himen. Dolor agudo, pero placer inmenso. ‘¡Joder, qué prieta!’, rugió él, metiendo más, centímetro a centímetro. Yo arañaba su espalda, ‘Más fuerte, amor, rómpeme’. Empezó a bombear, salvaje, polla entrando y saliendo, chapoteos húmedos llenando la habitación. Mis tetas rebotando, sudor perlando su piel. ‘Tu coño me aprieta como un guante’, jadeaba, follándome profundo, golpeando mi útero. Yo gritaba, ‘¡Sí, cabrón, dame todo!’. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, clítoris frotando su pubis, sus manos amasando mi culo. Olía a sexo crudo, a corrida cerca.
El polvo brutal y el éxtasis
Explotamos juntos. ‘Me corro, Luisa!’, aulló, llenándome de leche caliente, chorros potentes inundando mi coño. Yo temblaba, orgasmo brutal, contracciones ordeñando su polla. Nos quedamos pegados, jadeando, su semen goteando de mí.
Después, agotados, abrazados en la cama revuelta. Mi cuerpo dolorido pero feliz, su cabeza en mis tetas. ‘Te amaré siempre’, susurró. Sonreí, recordando cada embestida, el olor a sexo en las sábanas, el sabor de su polla en mi boca. Fue perfecto, puro. Al día siguiente, el matrimonio con el duque… pero esto, chicas, esto fue mío. Aún me mojo recordándolo.