Confesión candente: Mi polvo salvaje con el granjero en el campo de los 80

Era principios de los 80, campo abierto en Andalucía, sol quemando la piel. Yo, con mi melena rubia en coletas, camisa a cuadros roja y blanca, mini-short vaquero que me marcaba el culo. Paseaba buscando… algo. Lo vi: un tío fuerte, contra un olivo, sacando la polla para mear. Gruesa, venosa. Mi coño se mojó al instante. El corazón me latía fuerte. Me acerqué sin pensarlo.

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—¿Puedo? —le dije, mirándole a los ojos, sin esperar.

La chispa que enciende el fuego

Él parpadeó, sorprendido. Agarré su polla aún goteando pis, tibia, pesada en mi mano. Empecé a pajearla despacio, arriba abajo, sintiendo cómo se ponía dura como piedra. Su piel caliente, venas hinchadas. Olía a hombre, a tierra. Él jadeaba.

—Joder, ¿qué haces? —murmuró, pero no se apartó.

—Shh, déjame… Me encanta una buena verga —susurré, acelerando. Mi mano resbalaba con su precúm. La tensión subía, mi clítoris palpitaba. Quería más. Me arrodillé, abrí la boca y la tragué entera. Lengua alrededor del glande, chupando fuerte. Él gemía, manos en mi cabeza.

La razón se fue a la mierda. Solo deseo puro.

Me puse de pie, bajé el short. Nada de bragas, mi coño depilado brillaba de jugos. Me pegué al olivo, culazo en pompa.

—Fóllame ya —le rogué, voz ronca.

Él no dudó. Su polla dura entró de un empujón, abriéndome el coño. Caliente, gruesa, llenándome hasta el fondo. Embestía salvaje, piel contra piel chapoteando. Sus manos en mis tetas pequeñas pero firmes, pellizcando pezones duros. Yo gritaba:

—¡Sí, joder, más fuerte! ¡Rompe mi coño!

Sudor goteando, aliento corto, olor a sexo invadiendo todo. Me follaba como un animal, pelotas golpeando mi clítoris. Sentía su pubis liso contra mi culo suave. Mi marido estaba de viaje dos semanas, yo necesitaba polla diaria. Esta era perfecta.

El clímax brutal y el después ardiente

—Cásate conmigo —bromeó él entre embestidas.

—Soy Gwenda, casada pero puta —jadeé—. Fóllame hasta correrme.

Cambiamos: al foso seco, yo tumbada en la hierba, piernas abiertas. Él de pie, perfecto ángulo. Me penetró misionero brutal. Sus dedos en mi clítoris hinchado, resbaloso de mis jugos y su saliva. Yo me retorcía.

—Voy a correrme… ¡No pares! —grité.

Él aceleró, polla hinchada. Eyaculó dentro, leche caliente inundándome. Yo exploté, coño contrayéndose, chorros de placer. Besos salvajes, lenguas enredadas.

Después, él me sacó la polla y me la metió en la boca para limpiarla. Sabía a nosotros, salado, espeso. Lo tragué todo, mamando hasta que volvió a endurecerse. Segunda ronda: le pajé y chupé hasta que me llenó la garganta de otra corrida espesa. Tragué, lamiendo gotas de la hierba.

Agotados, tumbados. Cuerpos pegajosos, sudor enfriándose. Él me abrazó.

—Tengo quince obreros en la finca. ¿Quieres ser nuestra puta? —propuso, dedo en mi coño aún goteando.

Sonreí, cansada pero feliz. El recuerdo quema: su polla palpitando, mi coño ardiendo, libertad total. Mañana, quizás vaya. Mi incendio no se apaga fácil.

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