Jueves, las cinco de la tarde. Última entrega del día. Y no cualquier entrega: mi repartidor favorito. Dios, este tío me vuelve loca. Casados los dos, pero desde hace meses nos mandamos mensajes picantes. La norma era clara: solo virtual. Pero cada vez que viene… uf, esa tensión. Miradas que queman, sonrisas pícaras. Hoy, al verlo descargar en las cuadras, el corazón me late fuerte. Hace calor, suda, su camisa pegada al pecho musculado. Nadie por aquí, perfecto.
Llego y lo saludo. ‘Hola, ¿qué tal?’ Beso en la mejilla, pero esta vez me pego más. Siento su cuerpo duro contra el mío, su mano en mi espalda baja. Joder, me mojo al instante. ‘¿Quieres algo de beber antes de irte? Hace un bochorno…’ Él asiente, ojos clavados en los míos. Firmamos los papeles, su mano roza la mía demasiado tiempo. Me estremezco. Paso detrás de él, rozando su culo por ‘accidente’. Se queda quieto. Yo también. Mi mano ahí, suave sobre sus nalgas firmes. El aire se espesa, oigo su respiración agitada.
La chispa que prendió el fuego
De repente, se gira. Estamos cara a cara, tan cerca que noto su aliento caliente. ‘¿Qué coño estamos haciendo?’, murmura. No sé quién besa primero. Nuestras bocas chocan, lenguas salvajes. Sus brazos me envuelven, me levanta como si nada. ‘¿Y si alguien viene?’, jadeo. ‘Ven conmigo’, gruñe, y corremos a la casa, subiendo escaleras a trompicones.
En la habitación, puerta cerrada. Ropa volando: mi blusa, su camisa, pantalones. Nuestros cuerpos desnudos se pegan, piel sudada y ardiente. Sus manos recorren mis tetas, pezones duros como piedras. Gimo bajito, arqueándome. ‘Joder, qué ricas estás’, dice con voz ronca.
Sus labios bajan por mi cuello, mordisquean mis pechos. Chupa un pezón, lo muerde suave, pasa al otro. Mis dedos enredados en su pelo, lo guío más abajo. Lame mi vientre, mordisquea el ombligo. El olor a sexo ya impregna el aire, mi coño palpita, empapado. Llega ahí, sopla suave sobre mis labios hinchados. ‘Por favor…’, suplico, piernas temblando.
El polvo brutal y el éxtasis total
Me abre las piernas, lengua en mi clítoris. ¡Hostia! Un rayo me atraviesa. Grito, me corro casi al instante, pero él no para. Lametazos lentos, rápidos, dedos dentro, curvados tocando ese punto. ‘¡Sí, así, fóllame con la lengua!’ Mi culo se levanta, restregándome en su boca. Huele a mi jugo, sabe a miel salada. Acelera, dos dedos bombeando, lengua girando. Me tenso, agarro su cabeza, exploto en un orgasmo brutal, chorros calientes salpicando su cara.
Pero no acaba. Se pone de rodillas, polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Quiero tu coño ahora’, dice. Me penetra de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Qué prieta estás, puta!’ Empieza a bombear, fuerte, profundo. Piel contra piel, slap-slap, sudor goteando. Yo clavo uñas en su espalda, piernas alrededor de su cintura. ‘Más duro, rómpeme!’ Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando. Él me agarra el culo, metiendo un dedo en mi ano. Doble placer, me corro otra vez, apretándolo con el coño.
Se gira, perrito. Me folla como animal, pellizcando pezones, azotando nalgas. ‘¡Me vengo!’, ruge, y siento su leche caliente inundándome. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos.
Después, tumbados, su cabeza en mis tetas. ‘Ha sido… increíble’, susurro, acariciando su pelo húmedo. Cansancio dulce, músculos flojos, coño palpitando aún con su semen escurriendo. Olía a sexo puro, sudor y placer. Nos besamos lento, saboreando el after. ‘Tenemos que repetirlo’, dice riendo. Sonrío, sabiendo que sí. Ese recuerdo me quema todavía, cada noche me masturbo pensando en su polla dentro.