Confesión ardiente: Mi jefe me folló como nunca en la librería

Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Me llamo Penélope, tengo 28 años, soy una tía lista con un doctorado en letras, pero necesitaba pasta para mi madre enferma. Vi el anuncio de la librería Moby Dick y fui al entretien. Octavio, el dueño, un ex marino de 50 tacos, alto, fuerte, ojos verdes como un lobo, me miró de arriba abajo. ‘Eres demasiado para esto’, me dijo, pero insistí. Me contrató sin papeles, al black, 20% más del mínimo, y la tienda entera para mí. Limpiar, ordenar… Dos semanas y la librería brillaba.

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Una noche, tarde, solos. Él vino a ayudar con los últimos cartones. Sudábamos, el aire olía a polvo viejo y a su colonia fuerte, masculina. Sus manos rozaban las mías al pasar libros. ‘Estás hecha un bomboncito, Penélope’, murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Me puse roja, el coño me palpitaba. Intenté reírme, pero él me acorraló contra una estantería. Sus ojos devorándome los tetas, grandes y firmes bajo la blusa. ‘No aguanto más’, gruñó, y me besó. Fuerte, lengua dentro, mordiendo mis labios carnosos. Yo… joder, respondí. Mis manos en su polla dura, enorme, bajo los pantalones. ‘¿Quieres esto?’, jadeó. Asentí, la razón voló. ‘Fóllame, Octavio, por favor…’

La tensión que me quemaba por dentro

Me arrancó la blusa, mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Los chupó, mordió fuerte. ‘¡Más!’, grité, arqueándome. Me bajó los pantalones, mi coño chorreando, depilado, hinchado de ganas. Se arrodilló, lengua en mi clítoris, lamiendo como un loco. ‘Estás empapada, puta rica’, dijo, metiendo dos dedos dentro, curvándolos. Gemí alto, las piernas temblando. Luego, su lengua bajó al culo, rozando mi ojete apretado. ‘¡Oh Dios!’, chillé. Me puse de rodillas, saqué su polla: gruesa, venosa, cabeza morada goteando pre-semen. La chupé, tragando hasta la garganta, babeando. Él gemía, ‘¡Joder, qué boca!’. En 69, yo encima, su polla en mi boca, él devorándome el coño y el culo. Dos dedos en mi ano, estirándome, dolor-placer brutal. ‘¡No pares!’, supliqué, moviendo el culo contra su cara.

El clímax brutal y el éxtasis sin fin

No aguanté. El orgasmo vino como un tsunami. Mi coño explotó, squirté en su boca, chorros calientes mojándolo todo. ‘¡Sí, échalo todo!’, rugió él, bebiendo mi jugo. Me corrí gritando, ahogada en su polla. Él se puso de pie, me empotró contra la pared, polla dentro de mi coño de un empujón. ‘¡Eres mía!’, bramó, follando duro, pellizcando mis pezones. Cada embestida me partía, su pubis chocando mi clítoris. ‘¡Más fuerte, rómpeme!’, pedí. Me dio la vuelta, polla en mi culo ahora, lubricado con mi squirt. Dolía, pero rico, follándome el ojete sin piedad. Otra vez squirt del coño, mientras él me llenaba el culo de lechada caliente, gruñendo como animal.

Caímos al suelo, exhaustos, sudorosos. Mi cuerpo temblaba, coño y culo palpitando, semen chorreando. Él me besó suave, ‘Eres increíble, Penélope’. Yo sonreí, cansada pero feliz, oliendo a sexo puro. ‘Vuelve mañana’, susurró. Dios, ese polvo me cambió. Aún siento su polla dentro, el calor, los gritos. Quiero más.

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