Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Soy una madurita abierta al sexo, vivo mis deseos sin tapujos. Ese lunes, después de mi clase de yoga, vi a José, mi amigo de treinta años. Viudo hace tiempo, volvía loco con sus ojos. Me invitó a su casa para ‘charlar’. El calor del verano me tenía sudada, la piel pegajosa. Entré, nos abrazamos. Su mano en mi cintura… uf, sentí su polla dura contra mi vientre. ‘Sophie, estás tan buena’, murmuró. Yo, con el coño ya húmedo, le dije: ‘José, no deberíamos… pero joder, cuánto te deseo’. Nos besamos, lenguas enredadas, saliva caliente. Su aliento olía a café y deseo. Me manoseó las tetas por encima del vestido, pezones duros como piedras. La tensión era insoportable, el corazón latiendo fuerte. ‘Fóllame ya’, gemí. La razón se fue a la mierda.