Era principios de julio, una mañana soleada. Javier llegó a nuestra casa en las afueras pijas de Burdeos después de dos semanas en el País Vasco. Es amigo de mi ex Raquel, y aunque no lo conocía tanto como a ella, siempre hubo algo… Esa noche de hace años, cuando nos separamos un poco, besos calientes, manos por todas partes, pero nada más. Me quedé con las ganas, joder.
Juan lo recibió con abrazos, yo preparaba el desayuno en mi vestidito azul ajustado. Le di un beso en la mejilla, noté su olor a hombre, fresco. Cenamos rico, rosado frío, tarta de manzana. En el salón, con coñac y puros, no paraba de cruzar las piernas, dejando ver mi tanguita blanca. ¿Lo hacía adrede? Él me miraba de reojo, yo sentía el calor subiendo.
La chispa que encendió el fuego
Al día siguiente, Juan se fue temprano al curro. Yo en la piscina, en bikini mínimo, el sol quemando mi piel. Javier bajó con café, me vio estirándome, mi culo redondo marcado. Entré al agua, fresca, y lo invité: ‘¡Ven, pégate un chapuzón!’. Nadamos, nos salpicamos, risas. Salí despacio por la escalera, mi culo casi en su cara. Me sequé lento, gotas resbalando por mis tetas pesadas, mis caderas anchas.
Nos tumbamos en las hamacas. ‘¿Te acuerdas de aquella noche…?’, le dije, voz temblorosa. ‘Sí, claro…’, murmuró. ‘Me ha rondado mucho, ¿sabes? Quedó incompleto’. Él tragó saliva: ‘Yo también lo pensé’. El aire estaba cargado, mi coño palpitaba. ‘Javier… quiero que me folles. Solo una vez, para quitármelo de encima’. Silencio. Lo cogí de la mano, lo llevé a la habitación de invitados. Lo empujé al colchón, me subí encima, besos húmedos, lenguas enredadas. Su piel caliente, aliento corto.
Le bajé el bañador, su polla dura saltó, gruesa, venosa. La apreté, mordí su oreja: ‘Mmm, qué rica’. Besos en el cuello, pecho, bajé lamiendo su vientre. Lamí el glande, salado, chupé las bolas, las metí en la boca. Engullí toda la verga, hasta la garganta, pompé como loca, saliva chorreando. Él agarró mi pelo: ‘Joder, Cristina…’. Se corrió fuerte, leche caliente bajando por mi garganta, tragué todo, golosa.
La pasión desatada sin frenos
A por mí. Le arranqué el bikini, lamí sus tetas duras, pezones erectos. Bajé al coño, depilado, mojado perdido, olor a sexo puro. Lamí el clítoris, introduje lengua, dedos. Ella arqueó: ‘¡Sí, así! ¡Me corro!’. Temblores, jugos en mi boca. Me masturbó de nuevo, polla tiesa. Se montó, coño apretado tragándosela entera. Cabalga lento, culo gordo meneándose, tetas rebotando. La agarré fuerte, pellizqué pezones, la embestí desde abajo. ‘¡Fóllame más duro!’, gritó bajito. Aceleré, pilonazos brutales, sudor mezclado. Eyaculé dentro, llenándola de porra espesa. Se derrumbó, jadeos.
‘Ducha rápida, Juan llega pronto’, dijo riendo. Pero esa tarde fue una locura: follamos en un lago, en el coche, bajo la ducha, piscina, jardín. Noche, Juan dormido con pastillas, me la chupó en el sofá, me folló despacio, piel contra piel, orgasmos silenciosos. Mañana entera en la cama, posiciones salvajes, corridas múltiples. Último polvo en cocina, él detrás mientras Juan avivaba la barbacoa. Polla en mi coño, rápidos y furiosos, porra dentro como recuerdo.
Ahora, cansancio dulce, cuerpo dolorido pero feliz. Ese deseo salvaje, su polla en mí, olores, gemidos… lo revivo y me mojo. Una locura total, sin remordimientos.