Confesión ardiente: Mi polvo salvaje con un desconocido en la corrida

Estaba en la corrida, en las gradas de sombra, con Don Luis a mi lado. Él, mi compañero, aficionado empedernido. Yo… solo iba por él, pero ese día los toros eran flojos, los toreros dormidos. Me aburría. Entonces lo vi: Juan, guapo, solo, con esa mirada intensa. Tropezó al subir por las traviesas, se agarró a la barandilla… y ahí estaba yo, toda de rojo, sonriéndole tras mis gafas de sol.

Le guiñé el ojo. Él se turbó, pero al volver con su cerveza, nos sonreímos los tres. Luis le hizo un gesto amistoso. Mi pulso se aceleró. La corrida acababa en bostezo general. Me levanté antes, y en la salida, en el gentío, choqué con él.

La chispa en la arena que me quemó por dentro

—Odette.

—Juan.

—Vamos a tomar algo en San Ángel. ¿Vienes?

—Luis dice que sí.

—Perfecto. Me gustan los decididos.

Eso lo dijo Luis, sonriendo. Caminamos a la limusina. El chófer abrió. Nosotros atrás, Luis delante con música de cellos. Bajó el parasol, nos espiaba por el espejo. Hablé con Juan, me acerqué… mi falda roja subía, dejé ver un pecho al rozar el cuello de Luis. Él lo notaba, sonreía pícara. La tensión crecía, el aire espeso. Mi coño ya palpitaba.

En el restaurante, jardín secreto con fuentes susurrantes. Luis se fue a los baños con él, charlaron de toros y muerte. Volvió, señaló mujeres guapas, luego nos dejó solos.

—No es mi padre, ni tío. Es mi amante. Me gusta, es generoso. Quiere invitarte a casa.

El clímax brutal y el éxtasis sin frenos

—¿Casa?

—Te gusto, ¿verdad? Él solo mira. Le excita ver.

Juan dudó, pero sus ojos decían sí. Luis volvió: “¿En coche?”. Sí. En la banqueta, me pegué a él, le besé. Boca caliente, lengua ansiosa. Luis nos devoraba por el retrovisor. Mi razón se iba… el deseo me comía viva.

Llegamos a la mansión. Subí a cambiarme: camisón de encaje, pelo suelto. Bajé, besé a Luis. Él me llevó a Juan, ceremonial lento. Fuera, patio de arena, antorchas titilando. Noche andaluza tibia. Nos besamos, mi cinturón cedió. Mi pubis negro brilló a la luz. Juan jadeó. Luis le quitó la camisa, se sentó con binoculares y puro.

Caímos al suelo mullido. Arena cálida bajo mi espalda. Sus manos en mis tetas, pezones duros como piedras. Lamí su cuello, sudor salado. Olía a hombre, a deseo crudo. Bajé su pantalón: polla tiesa, gruesa, venosa. La chupé, saliva goteando, él gruñó. “Joder, Odette…”. Me abrí de piernas, coño mojado, labios hinchados. “Fóllame ya”.

Entró de un golpe, profundo. Gemí fuerte, uñas en su espalda. Ritmo brutal, piel contra piel, chapoteo húmedo. Olía a sexo, a sudor mezclado. Lo monté, tetas rebotando, clítoris frotando su pubis. Él me volteó, polla en mi culo… no, en el coño otra vez, desde atrás. Vistas de mis nalgas, él embistiendo salvaje. Luis silbaba: “¡Olé!”. Positions clásicas pero feroces: misionero con piernas en hombros, él me partía. Sudor goteaba, aliento corto, “Más fuerte, cabrón”.

Orgasmos cerca. Me apreté: “¡Ven, córrete dentro! ¡No falles la estocada!”. Él rugió, polla hinchada, me llenó de leche caliente. Yo exploté, coño contrayéndose, grito ahogado, lágrimas. Luis aplaudió.

Agotados, arena pegada a piel húmeda. Un caballo entró, jinete negro ató mis pies… como toro muerto, me arrastraron a la cuadra oscura. Luis cubrió a Juan con su capa: “Se puede morir feliz después de esto”. Yo, jadeante, feliz, coño goteando semen, recuerdo esa noche quemándome aún. Fatiga dulce, deseo eterno.

Leave a Comment