Ay, Dios… Aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy Miren, de Baigorri, y vivo mis deseos sin frenos. Esa mañana de marzo, la tormenta del noroeste azotó las montañas. Viento furioso, granizo como balas, truenos que retumbaban en el valle. Nevaron toda la mañana, y de repente, el cielo se abrió. Nieve fresca, cumbres blancas como el Himalaya. Bixente, mi prometido, y yo subimos por Onetza, pero él se cansó rápido. ‘Ve tú, amor, yo bajo’, me dijo. Yo seguí, anhelante de esa paz en la altura.
Ahí te vi, Xabier. Sentado en una roca, fumando un cigarro, con el sudor brillando en tu pecho. Nuestros ojos se cruzaron como siempre: fuego puro. Desde esa vez bajo los plátanos, en la plaza, con mi familia alrededor, te reconocí. Tu mirada me desnudaba, me ponía la piel de gallina. ‘Hola, Mirenxu’, dijiste con esa voz ronca. ‘Hola…’, respondí, el corazón latiéndome en la garganta. Bixente ya no estaba. Solo nosotros, en ese blanco infinito.
La chispa que prendió el fuego
Nos acercamos. ‘Qué belleza, ¿eh?’, murmuraste, pero tus ojos devoraban mis tetas bajo el anorak rojo. Sentí mi coño humedecerse al instante. Hablamos de la tormenta, de las Pyrenees, pero el aire crujía de tensión. Tus manos rozaron las mías al pasarme la cantimplora. Calor. Sudor salado en tus labios. ‘Miren… no aguanto más’, susurraste, y me besaste. Fuerte, hambriento. Lenguas enredadas, sabor a tabaco y deseo. Mi razón gritaba ‘¡Bixente!’, pero mi cuerpo… ay, mi cuerpo ardía. Te empujé contra la roca, jadeando. ‘Fóllame, Xabier. Ahora.’ La cordura se rompió como un cristal.
Te arranqué la camiseta. Tu pecho duro, piel caliente contra el frío de la nieve. Bajé tus pantalones: tu polla saltó, gruesa, venosa, tiesa como una barra de hierro. ‘Joder, qué polla más grande’, gemí, arrodillándome en la nieve húmeda. La neve me calaba las rodillas, pero no importaba. La chupé con ganas, lengua alrededor del glande hinchado, saliva goteando. ‘Sí, así, puta mía’, gruñiste, agarrándome el pelo. Olía a macho, a sexo crudo. Me metí toda en la boca, hasta la garganta, tosiendo de placer. Tus gemidos cortos, el viento silbando… Me puse de pie, me bajé los leggings. Mi coño depilado chorreaba jugos calientes, el clítoris palpitante.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
Me volteaste contra la roca. ‘Voy a destrozarte ese coño’, dijiste. Entraste de un empujón brutal. ‘¡Aaaah!’, grité, el dolor-placer me partió. Tu polla me llenaba, estirándome hasta el fondo. Follando como animales: embestidas salvajes, mis tetas rebotando, nieve derretida resbalando por mi culo. ‘Más fuerte, joder, rómpeme’, suplicaba yo, arañándote la espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgándote en el suelo nevado. Tu polla entrando y saliendo, chapoteando en mi coño empapado. Sudor mezclado con nieve, aliento corto en mi cuello. ‘Me corro, Miren…’, jadeaste. ‘Dentro, lléname de leche caliente’. Explosaste, chorros espesos bañándome el útero. Yo me vine segundos después, temblores, chorro de squirt mojando tu pubis. Olor a sexo fuerte, a corrida y coño.
Caímos exhaustos, jadeando. Tu semen goteaba de mi coño, caliente contra el frío. Te besé lento, saboreando el sudor salado. ‘Ha sido… increíble’, murmuré, piernas temblando. Nos vestimos riendo, miradas cómplices. Bajé pensando en Bixente, pero con una sonrisa pícara. Ese polvo en las alturas… lo llevo grabado en la piel. Calor de tu polla, mi coño ardiendo aún. Si me lees, Xabier… repitámoslo. Mi deseo no se apaga.