Confesión: Mi viaje loco al siglo XVIII para una follada salvaje con nobles

Vivo sola con mi madre en un piso viejo de la calle Sarasate. Ese día estaba de buen humor, cantando bajo la ducha. ‘Vivo sola con mamá…’, tarareaba esa canción de Aznavour que siempre me hace reír. Salí, me miré al espejo: piel fresca, tetas firmes, sin ojeras. Me planté un beso en el cristal. De repente, el timbre. Dring dring. Insistía. Me puse el albornoz, turbanté el pelo mojado y abrí el ojo de la cerradura. Robin, mi vecino. ¿Qué coño quiere?

—Leticia, ¡ven rápido! —gritó.

La chispa que encendió el fuego

—Estoy en albornoz, tonta…

—No importa, es urgente. Y no es la primera vez que te veo así…

¿Me espía? Sonreí, intrigada. Ese geek con pinta inocente… Fuimos a su piso. Allí, un tipo rarísimo: moflete, pelo alborotado, mono plateado. Parecía un loco del futuro. Junto a un cubo de plexi humeante.

—Soy Arturo Luth, del 2125. Mi máquina del tiempo falló. Soy un holograma. Necesito que entréis para arreglarlo.

Reí. ¿Qué? Pero Robin insistía. Entramos en el cubo: enorme por dentro, como una nave. Pantalla táctil, menús locos. Seguí sus instrucciones. Luz rosa, temblores… Y pum. Salimos en un palacio barroco, dorados por todos lados. Quince tíos y tías desnudos, follando a tope. Perras poudrées, pelucas. Siglo XVIII puro.

Mi coño se mojó al instante. La tensión subía. Robin me miró, ojos brillantes. ‘Mierda, Leticia…’, murmuró. Un marqués se acercó: ‘Acércate, cortesana, a deleitarte con mi verga erguida’. Me empujó a cuatro patas. Intenté gritar, pero no salía sonido. ¡Efecto del viaje! Su polla gorda entró en mi boca. Caliente, salada, venosa. El aliento corto del vizconde detrás, oliendo a sudor y lujuria.

El clímax brutal sin frenos

La razón se fue a la mierda. El deseo me controlaba. Quería más.

El marqués me follaba la garganta, bolas golpeando mi barbilla. ‘¡Qué boca de terciopelo!’, gemía. El vizconde escupió en mi coño, metió su verga de un golpe. ‘¡Morbleu, qué chochito apretado!’. Empujones duros, piel contra piel, chapoteo húmedo. Olía a sexo puro, a corrida vieja y coños calientes. Mis tetas rebotaban, pezones duros rozando el suelo frío.

Robin… el cabrón ya estaba con la marquesa y vizcondesa. Su polla enorme, tiesa como nunca. ‘¡Marca el mediodía esa verga!’, reían ellas chupándosela. Yo gemía muda, pero sentía todo. El vizconde me azotaba el culo: ‘Levanta las nalgas, guarra’. Metió un dedo en mi ano, luego su polla. Dolor agudo, luego placer loco. Doble penetración: polla en boca, otra en culo. ‘¡Pies en ramillete de violetas!’, notaron mi orgasmo, cuerpo temblando, coño chorreando.

‘¡Voy a hacer estornudar a mi cíclope!’, gritó el vizconde. Caliente, espeso, me llenó el culo. El marqués eyaculó en mi garganta, tragué saliva amarga. Salió y corrió sobre mi monte de Venus. Robin se corría en las caras de las nobles, riendo.

Agotada, feliz. Cuerpo sudado, piernas temblorosas, coño y culo palpitando. Recogí el albornoz, arrastré a Robin al cubo. ‘¡Vámonos!’. Programamos regreso. Temblores, y ¡pum! De vuelta en 2025.

Arturo real ahora. ‘¡Gracias!’. Le mandamos a la mierda. Yo, con el sabor de pollas nobles en la boca, el culo ardiendo, sonrisa tonta. Robin me miró: ‘Fue… increíble’. Fatiga dulce, recuerdos quemando. ¿Volver? Caprichos del tiempo. Pero joder, qué follada histórica.

Leave a Comment