Confesión ardiente: Cómo el cuidador de mi padre me hizo perder el control

Llego a casa de mis padres cada mañana sobre las ocho. Hace cuatro años que es rutina. Ese día otoñal, frío, con nieve en el horizonte, entro y el calor del piso me golpea como un horno. Mamá en la cocina, papá durmiendo, postrado por un ictus y Alzheimer. Es un vegetal, pero las chicas de la asociación lo cuidan bien.

Normalmente vienen mujeres: Brigitte, Évelyne… Pero ese día, la jefa presenta a Álvaro. ‘Reemplaza a Estelle’, dice. Me tendió la mano, sonrisa con hoyuelos, ojos verdes como lagos del Pacífico. Hipnóticos. ‘Llámame Álvaro’, con acento del sur, cálido. Yo, Carmen, interlozada, le digo hola. Es joven, delgado, guapo como un dios griego. Me irrita su belleza, pero sé que me atrae. Prejuicios: un tío no sirve para esto. Pero en el fondo, estoy perdida.

La chispa inicial y la tensión que me volvía loca

Semanas de tensión. Lo niego, pero cada mañana rezo por que venga él. Su llegada: corazón acelerado, cabeza que gira. ‘Hola Carole… ¿Todo bien?’, me besa la mejilla, mano en hombro. Calor de su piel, aliento fresco. Cuidamos a papá: cambio pañales, limpio mierda. Nuestros brazos se rozan, él mira mi escote cuando me inclino. Siento sus ojos en mis tetas, en mi culo cuando me agacho. Me mojo, coño palpitante. Hablo de fútbol, él entrena juniors como mi marido. Pregunto si tiene novia: ‘¡Curiosa!’, ríe, pero no responde. Me sonrojo.

El clímax brutal y el dulce agotamiento

Pierdo peso, me visto sexy: faldas cortas, escotes. Mamá sospecha. Mi hija mayor, Lola, coincide un día con él. Se ríen, complicidad. Celos me comen. Pero la jefa dice: ‘Álvaro pide tu ruta’. Esperanza. Esa noche, follo con mi marido imaginando a Álvaro. Orgasmos brutales.

Un día, solos en la habitación. Mamá sale. Él me agarra la cintura: ‘Carmen, desde la fiesta no pienso en otra cosa’. Beso suave, lengua que entra. Mano en mi teta, aprieta pezón. ‘No… mi marido…’, balbuceo, pero mi razón se rompe. Lo empujo contra la pared, beso salvaje. Olor a su sudor, piel caliente. ‘Fóllame, Álvaro, no aguanto más’.

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