Confesión ardiente: mi noche de sexo salvaje con un desconocido en el lago

Este verano estaba sola con mis peques en el lago, mi marido currando sin vacaciones. Calor asfixiante, bikini diminuto que apenas contenía mis tetas llenas de leche. Un chico, Pablo, moreno, musculoso, rondaba la playa. Me pilló luchando con las sombrillas y el flotador de la niña mayor. ‘¿Te ayudo?’, dijo con sonrisa pícara. Le dejé cargar todo hasta mi tienda. Sus brazos fuertes, sudor brillando… uf, ya sentía un cosquilleo entre las piernas.

Al día siguiente, bronceábamos juntos. Hablábamos de todo, pero sus ojos se clavaban en mis curvas. Yo, sin darme cuenta, me ponía mini vestidos sin bragas, dejando ver mi coño depilado al agacharme. Él, con ese bañador que marcaba una polla enorme. ‘Tu marido te debe echar de menos’, murmuró un día. ‘Sí, pero… el sexo, eso es otro rollo’, respondí, mordiéndome el labio. ‘¿Estás en sequía?’, insistió. Me reí nerviosa. ‘Meses sin follar. ¿Y tú?’. ‘Igual, nena. Tengo ganas de meterte la polla’. El corazón me latía fuerte. Miré su bulto hinchado. ‘Eres un cerdo’, dije, pero mi coño chorreaba. Esa noche no dormí, masturbándome pensando en su verga gruesa llenándome.

La tensión que me quemaba por dentro

Otro día en la playa, la tensión era insoportable. ‘Ven esta noche, cuando los niños duerman’, susurró. ‘No puedo, estoy casada’. ‘Pero estás cachonda perdida’. Asentí, rendida. ‘Vale, pero fóllame bien’. Bajamos al lago al anochecer, luna llena iluminando todo. Extendí una toalla en la hierba, me quité el vestido. Desnuda, tetas pesadas balanceándose, chocho hinchado de ganas. Me arrodillé y saqué su polla: gorda, venosa, 20 cm palpitando. La chupé como loca, saliva goteando, bolas en la mano. ‘Joder, despacio’, gimió él. ‘No aguanto más, métemela ya’.

El polvo brutal y el clímax sin frenos

Se puso el condón, me abrí de piernas. Su polla entró fácil en mi coño empapado, clapotearon los jugos. Agarré sus nalgas, ‘¡Fóllame fuerte!’. Embistió como animal, tetas rebotando, jadeos ahogados. ‘¡Sí, así, no pares!’. Jugué mordiendo su cuello, uñas en su espalda. Me corrí gritando bajito, coño contrayéndose. Se sacó, aún dura. A cuatro patas, culo en pompa: ‘Ahora por detrás’. Escupió en mi ano, metió el dedo. ‘Me encanta el culo’. Empujó su verga, resbaladiza, abriéndome. Plaf, plaf, piel contra piel. Manoseé mis tetas mientras me sodomizaba. ‘¡Córrete dentro!’, supliqué. Eyaculó llenando el condón, yo temblando de otro orgasmo.

Me la sacó, limpió su polla con mi lengua, besos salados. ‘Eres una puta increíble’, dijo. Nos bañamos desnudos en el lago negro, agua fresca calmando el fuego. Nos secamos mutuamente, caricias suaves. ‘Vuelvo con los niños’, susurré, agotada pero feliz. Regresé flotando, coño dolorido, culo palpitante. Al día siguiente, mi marido apareció. Pablo nos vio, sonrió y se fue. Ahora llevo maillot recatado, pero cada noche revivo esa follada brutal: su olor a macho, el calor de su piel, el sabor de su semen. Fue un polvo de verano inolvidable, puro vicio sin remordimientos.

Leave a Comment