Confesión ardiente: Le hice correrme en un café y lo follé sin parar

La luz dorada de la tarde se colaba por las cortinas del Café des Arts, en una calle empedrada del Barrio Latino. Olor a café recién molido y croissants calientes. Me acerqué a su mesa, tacones cliqueando en el parquet viejo. Él, Jacques, con su camisa arrugada, pelo gris corto, gafas finas sobre el libro de Baudelaire. Sus ojos azules se alzaron, sorprendidos. ‘Jacques’, susurré, voz ronca, como miel quemada. ‘Sabes que me encanta tu compañía’.

Me senté sin pedir permiso. Él cerró el libro, dedos torpes. Su corazón latía fuerte, lo sentía. ‘¿Por qué huyes siempre?’, le dije, inclinándome. Olía a hombre, a deseo reprimido. Él balbuceó: ‘No… no quiero hacerte daño, Amandine’. Ridículo. Lo miré fijo, mano en la suya. Piel caliente, áspera. ‘Mírame’, ordené. Saqué un trozo de encaje negro de mi escote, jugué con él. Sus pupilas se dilataron. Su polla se endureció bajo la mesa, lo noté.

La chispa que enciende todo

Manos en su muslo. Subí despacio. ‘¿Miedo de desearme?’, murmuré al oído, aliento caliente. Él jadeó: ‘Aquí no…’. Pero no paré. Desabroché su braguette, metí la mano. Polla dura, palpitante, precúm en la punta. ‘Estás empalmado por mí’, le dije, acariciando base a glande. Ritmo lento, apretando. Él gimió bajo, caderas arriba. ‘Shh, chéri’, lamí su oreja. Aceleré. ‘Córrete para mí’. Explosó. Leche caliente en mi mano, en su pantalón. Lamió mis dedos, sabor salado. ‘Mañana, en mi casa’, dije. Él asintió, aturdido.

Su apartamento era rojo bordeaux, aire pesado de patchouli y ylang-ylang. Lo empujé al sofá. Abrí mi blusa, tetas pesadas en encaje negro. ‘¿Te gusta?’, pregunté. Él tragó saliva. Lo guié a mi coño, húmedo a través de la braguita. ‘Siente cómo me mojas’. Gimiendo, frotó mi clítoris. Luego, a cuatro patas, culazo ofrecido. ‘Mírame abierta para ti’. Lengua en mi raja, chupando, dedos dentro. ‘¡Joder, lame más!’, grité, tirando de su pelo. Tres dedos, pistoneando. Casi me corro, pero lo paré. ‘Quiero tu polla’.

La follada brutal sin frenos

La saqué, dura como hierro. Follé contra mí, glande en mi entrada resbaladiza. ‘¡Fóllame fuerte!’, exigí. Clavó, couilles contra mi culo. Ritmo brutal, pieles chocando, sudor. ‘¡Destruí mi coño!’, aullé. Me volteó, piernas en su cintura. Bombeó salvaje. ‘¡Córrete dentro!’. Rugió, llenándome de porra caliente. Mi orgasmo apretó su polla, ordeñándola. No paré. Boca en su verga blanda, garganta profunda. ‘Fóllame la boca’. Lo hice gemir, leche en mi cara, tragando gotas.

Noche entera. Me senté en su cara, coño ahogándolo hasta gritar. Lo puse a cuatro, dedos en su culo mientras lo cabalgaba. ‘¡Te follo como puta!’, gemí. Él eyaculó en las sábanas. Agotados, sudados, piel pegajosa, olor a sexo puro. Me acurruqué en él, mano en su pecho gris. ‘Eres mío ahora’, susurré. Él sonrió, por fin libre. Mañana, más. El deseo no se apaga.

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