Confesión ardiente: Mi noche prohibida con el vigilante del internado

Estaba sola en mi cuarto del internado, esa noche de luna llena. Llevaba días hecha un mar de lágrimas, el acoso de los tíos me tenía jodida. Me puse mi culotte favorita, esa de encaje con volantes que robé del cajón de mi madre. Me sentía tan puta, tan mujer… Me metí en la cama, desnuda debajo de la sábana, oliendo mi propia excitación mezclada con el suav suavecito del tul.

De repente, la puerta cruje. Entra Maxime, el vigilante. Alto, moreno, con esa barba recortada que me ponía cachonda cada vez que lo veía. ‘¿Qué pasa, Claude?’, me dice suave, sentándose al pie de la cama. Le digo que echo de menos a mi familia, pero mis ojos lo recorren: su camisa blanca ajustada, el bulto en los pantalones. Pasa la mano por mi pelo, y… uf, su calor me eriza la piel. Bajo la sábana un poco, y ve la culotte. No dice nada, solo… su mano cae en mi muslo, roza el encaje. ‘Qué suave…’, murmura con voz ronca, el aliento corto.

La chispa que encendió el fuego

Mi corazón late como loco. Quiero parar, pero mi polla ya se despierta, apretada contra la tela. Sus dedos suben, delinean mi verga a través del tul. ‘Mmm, qué dura se pone…’, dice, y fuerza mis piernas a abrirse. Huele a hombre, a sudor limpio. Yo… no puedo, la razón se va al carajo. ‘No pares…’, gimo bajito, traicionándome.

Me arranca la culotte. ‘Quítatela, déjame ver ese clítoris grande’, ordena, pero su voz tiembla de deseo. Mi polla salta libre, tiesa como una barra. La agarra con el pulgar e índice, la masturba despacio, rozando apenas. Su otra mano busca mi culo, el dedo índice presiona mi ano virgen. ‘Relájate, puta…’, susurra, escupiendo en el dedo para meterlo. Duele un poco, pero… joder, el placer me nubla. Gimo fuerte, mi verga palpita.

La explosión de placer sin frenos

De rodillas delante de él, le bajo los pantalones. Su polla sale, no enorme pero gruesa, rodeada de pelos oscuros. ‘Chúpala, zorra’, gruñe. Beso el glande, lamo la hampe, chupo las huevos. Mi lengua entra en el meato, saboreando su pre-semen salado. Él gime, me agarra el pelo y folla mi boca como un coño. ‘¡Joder, qué boca!’, jadea. Le meto un dedo en el culo mientras succiono, y explota: chorros calientes me llenan la garganta, sabe a caramelo dulce. Trago todo, lamo hasta la última gota.

Pero no acaba. Me pone a cuatro patas, escupe en mi ano. ‘Te voy a follar el culo, ¿lo quieres?’, pregunta agitado. ‘Sí, métemela toda…’, suplico, el culo en pompa. Empuja despacio, la cabeza entra rompiéndome. Duele como la hostia, pero el calor… uf, me llena. Empieza a bombear, lento al principio, luego brutal. ‘¡Qué culo tan apretado, puta!’, grita, dándome palmadas. Mi polla se sacude sola, chorrea pre-semen. Su sudor gotea en mi espalda, huele a sexo puro. Me corro sin tocarme, leche caliente salpicando las sábanas, mientras él me inunda el intestino con su corrida espesa.

Caemos exhaustos, jadeando. Su polla sale con un ‘plop’, semen chorreando de mi culo dilatado. Me abraza, su piel caliente contra la mía. ‘Eres increíble…’, murmura, besándome el cuello. Yo sonrío, cansada pero feliz, el cuerpo temblando de placer. Ese olor a sexo nos envuelve, el recuerdo ya quema en mi mente. Mañana querré más, pero ahora… solo duermo, satisfecha como nunca.

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