Vivo en un altiplano del centro de España, granja de vacas lecheras, inviernos que congelan los huevos. Mi hermana y su marido me acogen hace meses, tras mi divorcio de mierda. Él era un cabrón violento, me dejó cicatrices en el vientre. Un día, mi cuñado llama a Pedro, el granjero vecino, soltero reciente, para arreglar un problema eléctrico en el establo. Llego yo a ayudar con los cables.
Pedro sube al taburete, en su mono de trabajo, sin calzoncillos, lo noto. Los cables pasan entre sus piernas, rozan su polla. De repente, uno se enreda en mi muñeca, tiro… y mi mano acaba apretando su verga gruesa. Joder, se pone dura al instante, la siento palpitar contra mi palma, caliente, venosa. Toco sus huevos por accidente, o no tanto. Me pongo roja como un tomate, él baja, ve el bulto en su muslo. Nuestros ojos se cruzan, silencio pesado. Sus pechos asoman por mi escote, él traga saliva.
La chispa que encendió el infierno
Días después, voy a su granja como ‘ayuda doméstica’. Cada visita, charlamos, pero la tensión crece. Huele a hombre, a sudor limpio. Un sábado de nieve, me quedo a comer. Hacemos café, menciono lo de los cables: ‘Sentí tu polla libre bajo el mono…’. Él confiesa no llevar ropa interior. Le muestro mis cicatrices, su mano las roza, suave, rugosa por el trabajo. Se me eriza la piel, calor sube por mi coño. Me siento en sus rodillas, besos húmedos, lenguas enredadas. Su aliento corto contra mi cuello, olor a café y deseo. La razón se va a la mierda cuando la nieve nos atrapa.
El polvo salvaje sin frenos
Lo ayudo en el establo, masajeo las ubres de las vacas, él me mira bandearse. Regresamos, chimenea crepita. Nos desnudamos despacio, piel contra piel. Sus manos en mis tetas pequeñas, pezones duros como piedras. Chupa uno, tira con dientes, gimo bajito. ‘María… joder, qué ricas’. Mi mano baja, agarro su polla tiesa, gorda, con prepucio jugoso. La meneo, siente mis cicatrices con el glande húmedo, pre-semen brillando. Bajo, lamo sus huevos, chupo la verga entera, saliva goteando. Él me pone a cuatro, lengua en mi coño peludo, labios gruesos empapados. ‘Hueles a puta en celo’, dice, mete dedo en mi ano, clítoris hinchado. Me corro chorreando, él empuja su polla violácea contra mi entrada. Resbalo hacia atrás, me la traga el coño. Calor abrasador, contracciones vaginales lo aprietan. Me folla duro, cachetes chocando, ‘¡Más, Pedro, rómpeme el coño!’ Lleno su útero de corrida espesa, grito, piernas temblando.
Nos derrumbamos, sudados, olor a sexo impregnando el aire. Su polla sale chupando, semen mezclado con mi jugo chorrea por mis muslos. Me lame el coño limpio, tierno ahora. ‘María, nunca follé tan bien’. Agotados, nos abrazamos, tetas contra su pecho peludo. Dormimos así, su verga entre mis muslos, mano en mi teta. Al día siguiente, otro polvo matutino en la silla, cabalgándolo, clítoris frotando su pubis, corrida profunda otra vez. Ducha juntos, jabón en polla y coño, risas. La nieve pasa, pero volvemos cada día. Ahora vivo con él, follamos sin parar, sin tabúes. Ese polvo me salvó, su polla borró mis miedos.