Ay, Dios… acabo de llegar a casa y aún siento el calor en la piel. Te lo cuento todo, sin filtros, como si estuviera susurrándotelo al oído. Fue hace unas noches, después de esa lluvia de cojones que nos pilló de sorpresa. Mi marido, Marc, estaba de viaje por curro, y yo… yo me aburría como una loca. Recordé a mi vecino, ese tío que me llevó a casa aquella noche tormentosa.
La lluvia caía a chorros, empapándonos hasta los huesos. Bajé del coche, mi blusa blanca pegada al cuerpo, transparente del todo. Sentí sus ojos clavados en mis tetas, los pezones duros marcándose. Le guiñé un ojo, agitando la mano, sabiendo que le ponía como una moto. ‘¡Vete ya, guapo!’, le grité entre el viento. Él sonrió, y yo me metí en casa con el coño palpitando un poco. Qué cabrona soy.
La chispa inicial y la tensión que estalla
Días después, él desapareció. Curioso, fui a ver qué pasaba. Tocó el timbre y… ¡joder! Su casa, antes un desastre, ahora brillaba. Pintura fresca, todo reluciente. ‘Entra, Sofia’, me dijo. Se notaba que había currado como un animal. Me senté en el sofá, crucé las piernas, mi falda subiendo por los muslos bronceados. ‘¿Me pones una copa?’. Sacó champán frío. ‘Para celebrar’, dijo.
Mientras él iba a ducharse –cubierto de pintura, el pobre–, puse música. The Clash retumbando. Entré en el baño sigilosa, me quité todo. Desnuda, piel erizada por el vapor. Él se giró, ojos como platos. ‘¿Qué coño haces?’, balbuceó. ‘Ducha, tonto. Date la vuelta, no seas cerdo’. Le enjaboné los hombros, bajando por la espalda… sus nalgas firmes. Metí un dedo en su raja, juguetona. Luego el pecho, el vientre… su polla ya tiesa rozándome. Temblaba. Le enjuagué, corté el agua. ‘Tu copa te espera… chao’. Lo empujé fuera, riendo por dentro. Le devolvía el jueguecito de la lluvia.
Salí envuelta en una toalla, pero él estaba desnudo en el salón, con jazz suave. ‘¿No te vistes?’, pregunté. ‘Tú lo has visto todo’. Me quité la toalla, tetas al aire, coño rasurado reluciendo. Nos sentamos, champán en mano, silencio cargado. Su mano en mi muslo… el mío en su cuello. Nos besamos, lenguas furiosas. La tensión explotó. Ya no había vuelta atrás.
El polvo brutal y el clímax sin filtros
Lo tumbé en el sofá, polla dura como piedra en mi mano. La lamí despacio, de la base a la punta, bolas en la boca. Chupé fuerte, mirándolo fijo, saliva goteando. ‘Joder, Sofia…’, gemía él, caderas moviéndose. Casi se corre, pero lo paré. Me tumbó él, boca en mi coño. Lengua en el clítoris, chupando, metiendo dedos. Olía a sexo, mi humedad empapándole la barba. ‘¡Sí, lame mi coño, cabrón!’, grité, piernas abiertas al máximo. Gemía como puta, tetas rebotando.
No aguanté más. ‘Fóllame ya’. Condón puesto, piernas en sus hombros. Entró lento, estirándome el coño. ‘Qué apretada estás’, gruñó. Empujones profundos, lentos al principio. Yo me tocaba el clítoris, amasando tetas. Aceleró, piel contra piel chapoteando. Sudor, aliento corto, olor a polla y coño mezclado. Me corrí gritando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él se tensó, eyaculando dentro, cuerpo temblando.
Caímos exhaustos, yo con su cabeza en mi vientre, acariciándole el pelo. Silencio, besos suaves. Me vestí, ojos húmedos. ‘Gracias’, murmuré en la puerta, besándolo tierno. Bajé las escaleras corriendo, coño adolorido y feliz.
Desde entonces, cada vez que Marc viaja, voy a su casa. Follar sin palabras, puro instinto. ¿Qué pasará? No sé… pero esta memoria me pone cachonda solo de recordarla. Calor en la piel, sabor a él en la boca. Uff…