Abrí los ojos despacio, con la cabeza pesada. El techo giraba un poco, pero el ventilador zumbaba suave, refrescando el aire caliente. Nadia roncaba bajito a mi lado. Me giré y las vi: mi novio Javier pegado a mí, su piel sudada contra la mía, y Nadia con la mano en mis caderas. Joder, qué noche. Habíamos follado como animales, sin parar. El olor a sexo aún flotaba en la habitación, ese aroma musgoso, adictivo.
Sonreí recordando. Javier abrió un ojo y me miró, con esa sonrisa pícara. ‘¿Ya despierta, mi amor?’, murmuró. Su aliento cálido en mi cuello me erizó la piel. Le besé el hombro, bajando despacio hasta sus labios. ‘Hmm… no puedo parar de desearte’, susurré. Mi mano bajó por su pecho, rozando sus tetas firmes. Él gimió bajito y empezó a chuparme los pezones, succionando suave al principio, luego más fuerte. Sentí mi coño humedecerse al instante, palpitando.
La chispa que enciende el fuego
Pero mis ojos se clavaron en Nadia, dormida, con las piernas entreabiertas. ‘Quiero follarla contigo’, le dije a Javier, jadeando. Él se mordió el labio. ‘¿Segura?’. ‘Sí, joder, no aguanto más’. Nos movimos sigilosos. Yo me acerqué por un lado, él por el otro. Besé su mejilla, suave. ‘Despierta, guapa…’, le susurré, lamiéndole el cuello. Ella abrió los ojos, confusa. ‘¿Qué… ohhh!’. Mi lengua ya bajaba por su clavícula, hasta sus tetas duras.
La tensión era insoportable. Mi clítoris latía, el calor subía por mi vientre. Javier le besaba la boca, y yo me hundí entre sus muslos. Su coño estaba mojado, olía a deseo puro, salado y dulce. Lamí despacio el borde, sintiendo su humedad en mi lengua.
Nadia se arqueó. ‘¡Sí, joder, no paréis!’. Javier y yo nos miramos, complices, y atacamos. Él le mamaba las tetas, yo le comía el coño voraz, metiendo la lengua dentro, chupando su clítoris hinchado. Ella gemía fuerte, ‘¡Oh dios, vuestras lenguas… me volvéis loca!’. El sabor de su flujo me volvía loca, espeso, delicioso. Javier metió dos dedos en su chochito apretado, follándola lento mientras yo lamía su culito fruncido.
‘¡Voy a correrme!’, gritó ella, temblando. Su cuerpo se tensó, y un chorro caliente me salpicó la cara. Joder, qué orgasmo. Se derrumbó jadeando, sudada, con la piel brillante.
Explosión de placer crudo y sin freno
Pero yo no había terminado. Javier se puso tieso, su polla dura como piedra rozándome el muslo. ‘Ahora tú’, me dijo Nadia, aún agitada. Mientras él iba a la ducha, ella me tiró al colchón. ‘Te toca, puta caliente’. Me abrió las piernas y hundió la cara en mi coño. Su lengua experta me lamía el clítoris, chupando fuerte, metiendo dedos curvados justo en mi punto G. ‘¡Hmm, sabe a sexo puro!’, murmuró.
No aguanté. Me corrí gritando, olas de placer rompiéndome, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos. Luego, ella montó su polla –espera, no, Javier volvió–. La folló salvaje, yo mirándolos. Él embestía profundo, ‘¡Qué apretada estás, Nadia!’. Ella rebotaba, tetas saltando, ‘¡Fóllame más fuerte, joder!’. Yo les lamía los huevos, el sudor salado en mi boca.
Cambiaron: él encima, doggy brutal. Le azotaba el culo rojo, entrando hasta el fondo. ‘¡Sí, rómpeme el coño!’, chillaba ella. Yo debajo, lamiéndole el clítoris mientras él la taladraba. Su corrida explotó dentro, leche caliente goteando. Yo lamí todo, mezclada con su flujo.
Al final, exhaustos, nos derrumbamos. Javier me dio una mamada final, su polla en mi boca, corriéndose en mi garganta. Tragando su semen espeso, cálido. Nos abrazamos, pieles pegajosas, alientos cortos. ‘Joder… qué locura’, susurró Javier. Nadia rio bajito, ‘Repetimos cuando queráis’. El ventilador nos secaba el sudor, pero el recuerdo quema aún. Ese deseo animal, sin control. Nunca olvidaré esa mañana de fuego.