Ay, Dios… Aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue hace unas semanas, en ese tren de banlieue tan cutre de París. Ese día, mi despertador me falló. Salí corriendo, con el café quemándome la garganta, el pelo revuelto y mi falda gris ajustada subida un poco. Trabajaba en el centro, y no podía llegar tarde. Llegué jadeando a la estación, el tren ya en el andén. Me metí en el primer vagón que pillé, sudada, el corazón a mil.
Me senté al lado de la ventana, saqué mi libro –un Wharton aburrido para disimular– y crucé las piernas. Noté ojos sobre mí. Lo miré de reojo. Alto, guapo, unos 25 años, traje casual, mirada intensa. Se sentó enfrente, en el pasillo. Nuestras rodillas casi se rozan. Su olor… masculino, a colonia fresca y sudor ligero. Me miró directo a los ojos, marrones profundos. Sonreí sin querer. Él se sonrojó, miró su libro. Pero yo sabía. La tensión empezó ahí. Sentí un cosquilleo entre las piernas.
La chispa que encendió el fuego
Al día siguiente, lo busqué. Ahí estaba, en el mismo sitio. Hoy llevaba un traje rosa fucsia que me hacía las piernas eternas. Me senté enfrente otra vez. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Hola’, murmuré. ‘Hola’, respondió, voz ronca. Hablamos poco: del tren, del trabajo. Pero sus ojos bajaban a mis rodillas. Yo descrucé las piernas despacio, dejando que la falda subiera. Sentí mi coño humedecerse. Él tragó saliva. ‘Eres… increíble’, dijo bajito. Mi pulso se aceleró. La razón gritaba ‘para’, pero el deseo… uf, era insoportable. El tren vacío en esa curva, la gente dormida o en móviles.
No aguanté más. Extendí la mano, la puse en su rodilla. Tembló. ‘¿Quieres?’, susurré. Asintió, ojos en llamas. Mi mano subió por su muslo, dura ya la polla bajo los pantalones. La apreté. ‘Joder…’, gimió. Desabroché su cremallera, saqué esa verga gruesa, venosa, palpitante. Caliente como hierro. Me la metí en la boca rápido, chupando fuerte, lengua en el glande. Él jadeaba, mano en mi pelo. ‘Para… nos ven’, pero no paré. Escupí saliva, la mamé profunda, hasta la garganta. Olía a hombre, a sexo puro.
La explosión de placer sin frenos
Me levantó la falda. No llevaba bragas, solo el coño depilado, mojado. Dos dedos dentro, chapoteando. ‘Estás chorreando’, gruñó. Gemí alto, mordiéndome el labio. Me giré, apoyada en el asiento, culo al aire. ‘Fóllame ya’. Entró de un golpe, polla enorme abriéndome el coño. Ay… qué dolor-placer. Me embistió brutal, pellizcándome las tetas por debajo de la blusa. ‘Puta caliente’, jadeaba. Yo empujaba contra él, clítoris frotando. Sudor, olor a coño y semen. El tren traqueteaba, como follábamos: salvaje, sin control. Me corrí primero, chorros calientes por las piernas, gritando bajito. Él siguió, polla hinchada, hasta vaciarse dentro, semen espeso goteando.
Caímos sentados, jadeantes, ropa revuelta. Me besó el cuello, suave ahora. ‘Eres una diosa’, murmuró. Yo reí, cansada, feliz. El tren llegó a Saint-Lazare. Bajamos sin mirarnos mucho, sonrisas cómplices. Nunca más lo vi. Pero uf… ese polvo me quema aún. Mi coño palpita recordándolo, la piel erizada, el sabor de su leche en la boca. Fue real, puro fuego. Si lo vuelvo a ver… repito sin dudar.