Confesión ardiente: Dominé a mi compañero de oficina en un club secreto

Ay, chicas… no os imagináis lo que me pasó la otra noche. Llevaba semanas fantaseando con él en la oficina. Ese tío nuevo, casado, siempre tan correcto, mirándome las piernas cuando creía que no me daba cuenta. Yo, Ghislaine, la secretaria de cuarenta, con mis curvas firmes y mis faldas por encima de la rodilla. Él… uf, me ponía caliente solo con su vouvoiement distante. Pero su mujer ya no le follaba, lo notaba en sus ojos hambrientos.

Yo vivo mis deseos al cien. Abierta, sin tabúes. Fui a mi club de sumisión, ese sitio discreto, luces bajas, olor a cuero y sudor. Vestida para matar: bustier rosa ajustado que me sube las tetas, falda negra corta, botas altas. Me siento poderosa, mi coño ya húmedo anticipando.

La chispa que encendió todo

Y de repente… lo veo. Apoyado en la barra, jean y jersey, novato total. Nuestras miradas chocan. Un segundo de shock. Él palidece, yo sonrío perversa. Esto es mío. Me levanto, camino hacia él, tacones resonando. Su aliento se acelera, lo huelo.

—¿No estás cómodo, señor? ¿Quieres que te guíe? —le digo, voz firme, él tiembla.

—Sí… señora —balbucea, ojos bajos.

La tensión es insoportable. Mi piel arde, pezones duros contra el cuero. Lo llevo arriba, habitación semioscura. Cojo la cravache, fina, lista.

—Desnúdate. Ahora.

Él obedece lento, camisa, pantalón… duda en el bóxer. Mi polla imaginaria palpita. ¡Clac! Le azoto el vientre suave. Baja la cravache a su verga semi-dura.

—¿No quieres? —susurro, y zas, golpecito en los huevos. Preciso, duele justo. Se dobla, gime. Dolor y placer, lo veo en su cara roja.

Se quita todo. Polla pequeña, patética. La miro con desprecio, muerdo labio. Fustazo en sus nalgas firmes.

—Hum… primera vez, ¿eh? Ven —llamo a mi esclavo, oculto.

El clímax salvaje y el después

Lo ato al potro, boca abajo, culo expuesto. Chorreo gel, frío en su piel caliente. Cravache entre nalgas, empujo. Él jadea, se tensa. La meto hondo, adentro y afuera, su ano virgen se abre. Gime fuerte, verga endureciéndose abajo.

—Ven tú —ordeno al esclavo. Polla larga, tiesa. Agarra sus caderas, embiste. ¡Plaf! Entra brutal, lo parte. Él grita, yo miro fría, coño chorreando. Ritmo feroz, carne contra carne, sudor goteando. Olor a sexo crudo, almizclado. El esclavo folla su culo sin piedad, profundo, largo.

Él se endurece de nuevo, sorprendido. Yo río bajito. El esclavo eyacula dentro, semen caliente llenándolo, chorros calientes. Se sale, pringoso.

—Buen trabajo. Todo mérito tiene premio —digo.

Me apoyo en el mueble, falda subida. A él lo ve todo.

—Fóllame.

El esclavo no duda, aparta mi falda, mi coño empapado lo traga. Entra de un golpe, grueso, me llena. Gimo, tetas botando. Lo miro a él, frustrado, polla dura sin tocar. Bombeo contra el esclavo, clítoris frotando, placer subiendo. Eyaculo rápido, espasmos, jugos bajando piernas. Lo paro, él frustrado.

—Suficiente. Vístete —le digo, desato. Sin calzoncillos, polla marcada, culo goteando semen, pantalón manchado.

Se va cojeando, yo exhausta, feliz. Cuerpo pesado, coño palpitante, piel pegajosa de sudor. Recuerdo su sumisión, su ano violado, mi poder. Mañana en la oficina… sonreiré sabiendo su secreto. Volverá, lo sé. Mi deseo manda.

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