Me desperté de golpe en la cama, sudada, con el corazón latiendo fuerte. ¿Cuánto tiempo dormí? Miré el reloj: las seis en punto. Joder, justo la hora de salir pitando al trabajo en la radio. Salté del colchón, corrí al baño. El agua caliente me golpeó la piel bronceada, jabón de melocotón escurriendo por mis tetas, bajando hasta el coño. Uff, qué gusto, aunque iba con prisas. Me enjaboné rápido, cabeza echada atrás, dejando que el chorro me envolviera. Salí, toalla en la cintura, busqué unas bragas limpias. Encontré unas de encaje azul clarito. Perfectas. Ni sujetador, qué coño, me puse el vestido negro de anoche, el del escote que volvió loco a Alberto en esa cena que acabó en follada salvaje.
Cejas marcadas por la falta de sueño, pero mis ojos brillaban con ese fuego lascivo. Seis y media. Mierda, llegaré tarde. Llamé al taxi. Voz grave, acento español, me derritió. ‘Cinco minutos’, dijo. Me peiné a toda hostia, crema en la cara. Maquillaje en el taxi. Bajé, y ahí estaba: Mercedes gris, él alto, flaco, piel morena, melena negra en coleta. Joder, qué guapo. Me abrió la puerta, gesto caballeroso. Subí, olor a cuero y a hombre.
La Chispa que Prende el Fuego
‘Veinte arrondissement, cerca del metro Brochant’, dije precisa, no vaya a pensar que soy fácil… o sí. ‘Por el périph’, pidió él. Yo callé, sacando el polvito. Me empolvaba la cara, máscara en las pestañas, labios rojos como cerezas maduras. Miré el retrovisor, sus ojos negros clavados en mí. Electricidad. Pum. Nos miramos fijo. La polla se me mojó al instante. Embardó el coche, evitó la barandilla. Manos apretadas al volante. Llegamos a Clichy, seis cincuenta y dos. Llamé a Fabrice: ‘Llego tarde, lanza el tema’. Radio en 93.9, mi voz con él anunciando el programa. Alain Bashung sonando, ‘Madame rêve’… arrières de berlines. Sus manos finas y largas en el volante. Las imaginé en mi vientre, bajando… bajando.
Me dejó en la esquina, dieciocho euros. Le di veinte, bajé corriendo. Sentí su mirada quemándome el culo. Dejé mi cartera roja atrás, a propósito: tarjeta, cincuenta euros, foto mía desnuda en Creta. Empujé la puerta de la radio, él aún me miraba desde la esquina.
Tres horas de directo: crónicas, ritmos latinos, a las nueve mi relato erótico, imaginando caras cachondas. Kader trajo té, su silueta me recordó a Majid, mi primer amor. ¿El taxista oye la radio? ¿Vendrá por la cartera?
Explosión de Placer sin Frenos
Diez menos cinco, fin del show. Subí con Fabrice, sol en la cara. Busqué gafas… y ahí, la Mercedes. Él, en blanco, apoyado en el capot. Más sexy aún. Adiós a Fabrice, crucé. Abrió la puerta delantera. Subí al asiento del pasajero. Arrancó sin hablar. Perfil indio, nariz recta. Esperé su mirada. Pum, frena en rojo. Se gira, mano en mi mejilla, baja a nuca, tira de mí. Beso brutal, lenguas enredadas, saliva caliente.
Claxonazos. Verde. Arranca. Apoyo cabeza en su muslo. Desabrocha pantalón, polla dura saliendo del jean blanco. Gruesa, venosa. La agarro, la chupo golosa. Glande suave contra paladar, muerdo suave. Gime ronco, ‘Joder…’. Empujo hondo, garganta llena, bolas oliendo a sudor macho. Mano en mi cabeza, empuja fuerte. Asfixia deliciosa, saliva chorreando. Cambio de marcha, respiro. Acelero, succiono el capullo rojo, lengua en el frenillo. Coño palpitando, empapada. Ritmo frenético, sus contracciones.
Rale largo, leche ácida y salada me inunda la boca, trago todo, polla escapando palpitante. Para en mi calle, boulangerie. Labios hinchados, subo escaleras temblando. Cae la noche, agotada, feliz. Recuerdo su sabor, su gemido. Mañana, ¿volverá?