Confesión ardiente: Mi polvo salvaje con el extranjero en la iglesia de la perra

Eh… no sé por dónde empezar. Todo pasó hace unas noches, en Saint-Jean, ese pueblo olvidado donde la noche es territorio de los perros dominicos. Yo soy la hija del tabernero, la que reza en los sótanos con los rebeldes. Mi padre me escondía, pero esa noche… llegó él. Un extranjero mugriento, con ropas hechas jirones, ojos fieros y un collar raro al cuello. Se desmayó en la taberna, y cuando despertó, su voz grave me erizó la piel.

Papá lo interrogaba, pero yo… yo lo miré desde arriba. Su pecho ancho, sudoroso, ese olor a hombre perdido. ‘¿Dónde estoy?’, preguntó. Y yo bajé, fingiendo preocupación. Nuestras miradas chocaron. Él sonrió, pícaro, como si supiera lo que mi cuerpo pedía a gritos. La tensión creció mientras hablábamos de la Chienne, esa Ilsa que no envejece, que folla el mundo desde su trono. Él la conocía, juraba que la vencería. Mi coño se mojó solo de imaginarlo dominándome como a ella.

La chispa que encendió el fuego prohibido

Huimos a la iglesia cuando oímos los perros. Oscuridad, vitrales blasfemos con Ilsa desnuda, rajando papas, sodomizando vírgenes. El aire olía a incienso rancio y miedo. Papá temblaba, pero él… él me tomó la mano. ‘No tengáis miedo’, susurró. Su palma áspera contra mi piel fría. Me apretó contra él en un rincón, detrás del altar. Su aliento caliente en mi cuello. ‘Eres preciosa’, murmuró. Intenté resistir, eh… ‘No podemos, los perros…’, pero su boca rozó mi oreja, y mi razón se quebró. Sus manos bajaron a mis tetas, apretando fuerte. Gemí bajito, el corazón latiendo como un tambor.

La tensión era insoportable. Su polla dura contra mi culo, palpitando. ‘Te necesito ahora’, gruñó. Lo empujé al suelo, sobre las losas frías, pero él me volteó. Me arrancó el vestido raído. Mis pezones duros al aire, expuestos ante la estatua dorada de Ilsa. Ella nos miraba, como aprobando. Él chupó mi teta derecha, mordiendo suave, lamiendo el sudor salado. Bajó, oliendo mi coño empapado. ‘Hueles a puta en celo’, dijo, riendo ronco. Metió la lengua, chapoteando en mis jugos. Lamía mi clítoris hinchado, sorbiendo fuerte. Me arqueé, eh… ‘¡Sí, joder, no pares!’.

El clímax brutal y el éxtasis sin frenos

No aguanté. Le bajé los pantalones. Su verga saltó, gruesa, venosa, goteando precum. La agarré, masturbándola furiosa. ‘Fóllame ya’, supliqué. Él me abrió las piernas, escupió en mi entrada y embistió de un golpe. ¡Ay, Dios! Me llenó entera, rompiéndome. Polla dura como hierro, chocando mis paredes. Follando salvaje, piel contra piel sudada. El sonido de carne mojada, slap-slap. Sus huevos peludos golpeaban mi culo. ‘¡Eres una putita rebelde!’, jadeaba, apretando mi garganta suave. Yo arañaba su espalda, oliendo su axila masculina, ese aroma a sexo crudo.

Cambié de posición. Me puse encima, cabalgando su pija como una yegua. Tetazas rebotando, coño tragándosela hasta el fondo. Él pellizcaba mi clítoris, y exploté. Orgasmo brutal, chorros calientes salpicando su pubis. ‘¡Me corro, joder!’, grité. Él rugió, volteándome a perrito. Me taladró el coño, dedos en mi culo apretado. ‘Te voy a llenar, zorra’. Y lo hizo. Leche espesa, caliente, inundándome. Pulso tras pulso, hasta desbordar por mis muslos.

Caímos exhaustos, respirando agitados. Su semen chorreaba de mi coño destrozado, pegajoso, tibio. Nos reímos bajito, abrazados en el suelo frío. ‘Ha sido… increíble’, susurré, besando su pecho salado. El recuerdo aún quema: su sabor en mi boca, el ardor en mi interior. Pero entonces… oímos caballos. Los perros. Y ella, Ilsa, entró. Sonriendo cruel. Pero eso… eso es otra historia. Solo sé que esa follada me cambió. Aún me toco recordándola, mojadísima.

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