Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Estaba en ese sauna libertino del centro, el aire cargado de vapor y ese olor a sudor mezclado con deseo. Yo, la típica discreta, con mi cuerpo escondido bajo un albornoz flojo, pero esa noche… uf, algo me picaba dentro. Lo vi a él, alto, musculoso, con esa mirada perdida. Se sentó cerca, y joder, cuando abrió las piernas… esa polla. Enorme, colgando como un puto elefante semi-muerto. Media tiesa, gruesa como mi muñeca, venas marcadas, pero floja. Me miró, sonrió tímido. ‘¿Primera vez?’, le pregunté, voz ronca por el calor. ‘No… pero nada funciona’, murmuró, encogiéndose de hombros. Mi coño se mojó al instante. Me acerqué, toqué su muslo, piel caliente, sudorosa. ‘Déjame intentarlo’, susurré, corazón latiendo fuerte. Él dudó, ‘No sé… siempre igual’. Pero mis dedos ya rozaban esa bestia. Pesada, cálida, latiendo un poco. El vapor nos envolvía, su aliento corto contra mi cuello. La tensión crecía, insoportable. Mis pezones duros contra la tela, su polla empezando a moverse en mi mano. ‘Joder, qué grande…’, gemí. Él jadeó, ‘No pares’. La razón se fue a la mierda. Lo empujé contra la pared, besos salvajes, lenguas enredadas, sabor a sal y lujuria.
No aguanté más. Le arranqué el albornoz, me quité el mío. Mi coño chorreaba, resbaladizo, ansioso. Me arrodillé, esa polla frente a mi cara, olor fuerte a macho, a sexo reprimido. La lamí desde las bolas, pesadas y llenas, subiendo por el tronco grueso. ‘Mmm… así…’, gruñó él, manos en mi pelo. Chupé la cabeza, gorda, morada, salada. La metí en la boca lo que pude, garganta apretada, babeando. Él se ponía dura, joder, milagrosamente tiesa, enorme, palpitante. ‘Fóllame ya’, le rogué, poniéndome a cuatro patas en el banco húmedo. Me abrió las nalgas, su lengua en mi coño primero, lamiendo mi clítoris hinchado, dedos dentro, chapoteando. ‘Estás empapada’, dijo, voz quebrada. Luego, la bestia en mi entrada. Empujó despacio, estirándome al límite. ‘¡Ay, mierda, duele tan rico!’, grité. Entró centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, golpeando mi útero. Empezó a bombear, fuerte, salvaje. Piel contra piel, slap-slap, sudor volando. Mis tetas rebotando, sus bolas azotándome el culo. ‘Más duro, cabrón’, jadeé. Me follaba como un animal, gruñendo, ‘Tu coño es perfecto…’. Cambiamos, yo encima, cabalgando esa polla mítica, hundiéndome hasta el fondo, clítoris frotando su pubis. Orgasmo tras orgasmo, chorros de jugo por sus muslos. Él me dio la vuelta, misionero brutal, piernas en sus hombros, penetrando profundo. ‘Me corro…’, avisó. ‘Dentro, lléname’, supliqué. Explosión, semen caliente inundándome, chorros interminables, desbordando.
La chispa que encendió el fuego
Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su polla aún dentro, ablandándose, goteando. Me besó la frente, ‘Nunca… nunca había pasado’. Yo reí bajito, piernas temblando, coño palpitante y lleno. Ese olor a sexo crudo, semen y sudor, grabado en mi piel. Nos quedamos así, abrazados en el vapor, felices, rotos de placer. Ahora, cada noche sueño con esa polla mítica despertando solo para mí. Fue real, chicas, y quemaría el mundo por repetirlo.