Son las cuatro de la mañana, o casi. Vamos rumbo a las Landas en mi viejo coche, por la A63 cerca de Saintes. Él conduce desde medianoche, yo me quedé frita en el asiento del copiloto, tapada con su chaqueta. El otoño pinta todo de rojo anaranjado, las luces de los faros hipnotizan. Me despierto estirándome, su chaqueta cae a mis rodillas. Parpadeo, lo veo concentrado en la carretera. Dios, qué guapo está, con esa mandíbula tensa.
— ¿Dónde estamos? —pregunto con la voz ronca de sueño.
La tensión que estalla en la oscuridad
— Pasamos Saintes. Paro en la área de St. Léger en unos kilómetros. Tengo hambre.
Sonrío. Sus padres paraban ahí de camino a España. Cojo mi Coca Light frío, bebo un trago largo. Él me mira de reojo, y noto esa chispa. Recuerdo la vez que casi follamos en un parking así. El aire tibio de la noche entra por las ventanillas abiertas. Comemos sándwiches apoyados en el coche, migas por todas partes. Algunas se meten en mi escote, en mi falda blanca. Salgo a sacudírmelas, él me mira como un lobo. Le saco la lengua, juguetona.
Vuelvo a conducir yo. Él se duerme rápido, exhausto. La carretera recta hacia Burdeos, kilómetros interminables. Lo miro de reojo: pecho subiendo y bajando, pantalón ajustado marcando el bulto. Uf, el calor me sube por el cuerpo. Suspiro, aprieto los muslos. El deseo me pica entre las piernas, húmeda ya. ¿Y si…? No, loca. Pero la polla se le endurece en sueños, evidente. Mi coño palpita, olor a excitación en el aire cerrado.
No aguanto más. Aparco bajo unos árboles grandes, sombras protegiendo. Me acerco despacio, corazón latiendo fuerte. Desabrocho su pantalón con dedos temblorosos. Su polla salta libre, dura, venosa, goteando precúm. La huelo: almizcle masculino, adictivo. La beso suave, lengua en el glande hinchado. Él gime bajito, sin despertar. Chupo la punta, saboreo la sal. Mamada lenta, labios apretados, lengua girando.
Se despierta, ojos abiertos grandes. No suelta palabra, solo jadea. Sigo, mirándolo fijo. Boca caliente subiendo y bajando por la verga tiesa. —Despierto… ¿eh? —susurro ronca, sin soltarla.
—Lou… joder… —balbucea, manos en mi pelo.
El clímax y la resaca feliz
Acelero, chupando fuerte, saliva chorreando. Le masajeo las huevos pesadas, uñas rozando. Polla latiendo en mi boca, glande golpeando garganta. Él tiembla, caderas empujando. —Me… me corro… ya… —gime.
Explota. Leche caliente inunda mi boca, tragando todo, chorros potentes. Gimo vibrando en su polla, ordeñándola. Él gruñe, cuerpo arqueado, sudoroso.
Se relaja, jadeando. Limpio su verga blanda con la lengua, labios brillantes de corrida. —Así no me molestas conduciendo… —digo picara, subiéndome al asiento.
—¿Solo por eso? —ríe débil, abrochándose.
—Nah, ya verás cuando paremos. Diez días para follarte hasta secarme.
Arranco el motor, veinte kilómetros más. Cansancio dulce me invade, coño aún palpitando. Recuerdo su sabor, su pulso en mi boca. Felicidad pegajosa, olor a sexo impregnado en nosotros. Qué noche, joder.