Ay, chicas… Soy prof de mates en un insti de Madrid, casada nueve años con mi marido, un tío majo pero… predecible. Todo cambió con Michel, el profe de Educación Física. Alto, musculoso, con esa sonrisa que te moja las bragas al instante. Al principio, solo miradas en la sala de profes. Él rozándome el brazo al pasar, yo sintiendo su calor. ‘¿Qué tal, Catherine?’, me decía con voz grave. Mi corazón latía fuerte, el coño me palpitaba.
Un día, en el pot de fin de curso, nos pillamos besándonos detrás de las plantas. Su lengua en mi boca, dura y caliente. Me separé jadeando. ‘Esto está mal’, murmuré. Pero ya estaba perdida. Los mensajes empezaron: ‘Ven el sábado, tu Quasimodo sale en bici’. Odio que me llamen así por mi leve cojera de jovencita, pero con él… me importaba una mierda. La tensión crecía. Me tocaba pensando en su polla, imaginándola gruesa, venosa. El sábado llegó. Mi marido se fue, yo me duché, me puse un tanga rojo. La puerta sonó. Michel entró, oliendo a sudor fresco de gym. Nos miramos. ‘No aguanto más’, dijo él. Yo: ‘Fóllame ya’. La razón se fue a la mierda.
La chispa que me quemó por dentro
Me empujó contra la pared, sus manos grandes en mis tetas. ‘Estás tan buena, Catherine’. Le bajé los pantalones. Su polla saltó, enorme, tiesa, con la punta mojada. ‘Joder, qué pedazo de verga’, gemí. Me arrodillé, la chupé con hambre. Su sabor salado, venas pulsando en mi lengua. Él gimiendo: ‘Sí, tragátela, puta’. Me levantó, me quitó el tanga de un tirón. Mi coño chorreaba, olor a sexo fuerte en el aire. Me abrió las piernas. ‘Te voy a follar la concha hasta que grites’. Entró de golpe, llenándome. ‘¡Aaaah! Más profundo’, supliqué. Me embestía brutal, piel contra piel chapoteando. Sudor goteando, su aliento corto en mi cuello. Me dio la vuelta: ‘Ahora el culo, salope’. Escupió en mi ojete, empujó. Dolor-placer, me abrí como una perra. ‘¡Raméname! ¡Sí, joder, me encanta!’, chillé. Su polla me taladraba, bolas golpeando mi clítoris. Orgasme tras orgasme, yo temblando, él gruñendo: ‘Me corro dentro’. Calor explotando en mis entrañas.
Caímos al colchón, exhaustos. Su semen chorreando de mi culo, mi coño hinchado y rojo. Respirábamos agitados, piel pegajosa de sudor. ‘Ha sido… increíble’, murmuró él, besándome el hombro. Yo sonreí, piernas flojas, cuerpo felizmente roto. El recuerdo me quema aún: su olor a macho, el ardor en mi interior. Mañana, en el insti, nos miraremos sabiendo… y querré más. ¿Quién dijo fidelidad?