Confesión caliente: El masaje prohibido con mi alumna Lucie en París

¡Ay, chica, no sabes lo que me pasó el otro miércoles! Soy Paola, vivo en mi pisito en el sexto de un edificio pijo en París, con esa vista brutal desde la cristalera enorme. Todo blanco, el sofá gigante, y al lado el espejo con la barra de ballet donde me rompo el culo entrenando. Bailo en la tele, ya sabes, esas chicas que se mueven detrás de las estrellas. Me encanta. Cada día cuatro horas de sudor.

En el curso, siempre hay chicas nuevas. Lucie llegó hace poco, dieciocho añitos, rubia, larga y fina como un junco, pero con músculos de bailarina. Me pidió clase particular. ‘Vale, ven a mi casa’, le dije. Caminamos charlando, ella flipaba con lo de la tele. ‘¿Y las estrellas? ¿Son como en la pantalla?’, preguntaba con ojos brillantes. Yo reía, ‘Mejor, mucho más calientes’.

La tensión que me quema por dentro

Llegamos, nos cambiamos, y al lío. La hice sudar una hora. Pobre, estaba muerta. ‘Venga, dúchate, que te relajas’, le propuse. Salió envuelta en mi kimono de seda, bebiendo zumo en el sofá. Yo me duché rápido, salí con mi negligé negro transparente, tul y encaje, tacones altos con pompón. ‘Ven a la cama, te masajeo los músculos’, le dije suave.

Se quitó el kimono, se tumbó boca abajo. Cuerpo perfecto, piel suave. Empecé por hombros, piernas, riñones. Manos expertas, ¿sabes? Ella se derretía, ‘Mmm, qué bien…’, gemía bajito. Bajé a muslos, toqué nalgas. Se tensó, pero no se quejó. ‘Levanta la pierna, ahí duele mucho en danza’, le pedí. La abrí un poco, rozando su coñito por accidente… o no. Sintió el calor, bassin se movió leve.

La tensión me comía. Mi coño ya palpitaba, olor a sexo empezaba a flotar. Hice lo mismo con la otra pierna. Ahora estaba como rana, sexo expuesto. Grandes labios hinchándose. Con pulgares masajeé dentro de muslos, paré en la vulva. Gimió fuerte, se arqueó. ‘¿Estás bien?’, pregunté con voz ronca. ‘Sí… sigue…’, susurró. Eclé grandes labios, vi la raja brillante de jugos. Froté suave, metí pulgar despacio. Estaba empapada, resbalaba solo. Aceleré, ella empujaba contra mi mano. Coño abierto, chorreando.

El fuego desatado sin frenos

La giré boca arriba, pies en hombros, boca en su coño lampiño. Lamí la raja, sabor dulce-salado. Chupé clítoris, lo destapé. ‘¡Dios, Paola!’, gritó, manos en mi cabeza, apretando. Mis tetas duras como piedras, me pellizcaba pezones. Mi coño rebosaba, olor fuerte. Metí dedo, girando. La besé el chocho gimiendo.

La guié su mano a mi teta, luego a mi coño. Dudó, ‘¿Puedo?’, balbuceó. ‘Sí, mételo’, jadeé. Su dedo entró torpe, pero pronto follaba mi vagina húmeda. Nos tocábamos mutuo, piernas abiertas, jadeos cortos. No aguanté, me subí encima, coño en su cara. Lo abrí con dedos, ‘Lámelo’. Sacó lengua, lamió mis jugos. Frotté clítoris en su nariz, ella mamaba mi botón. ‘¡Joder, sí!’, grité. Orgasmos me vino brutal, squirté chorros calientes en su boca, cara. Ella tosió sorprendida, pero lamía.

La puse encima, lengua en su coño. Se frotaba salvaje, jugos en mi cara. Tocó mi ano con dedo, explotó: ‘¡Me corro! ¡Aaaah!’. Temblaba entera, cuádriceps apretados, orgasmos la dejó KO.

Después, duchas rápidas. Ella salió desnuda, tímida: ‘Gracias…’. La besé en la puerta, temblando. ‘¿Otro curso?’, pidió. Puse dedo en labios, ‘Shhh’, cerré. Aún siento su sabor, el calor de su piel, ese olor a sexo puro. Me mojo recordándolo.

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