Me llamo Rebeca, tengo una relación abierta y durante el confinamiento me quedé sola. Mi vecino Alex, un chaval de 19 años, me pilló mirándolo pajearse. Desde entonces, no pude resistirme: quería ser su maestra del sexo. No solo desvirgarlo, sino moldearlo en el amante perfecto. Mi marido Joseph, confinado en otro sitio, me animó a ir a por todas.
Día 4. Alex lo intentó de nuevo con su lengua en mi coño. Fue dulce, aplicado… me dio placer, pero no llegué al orgasmo. Lo vi decepcionado, pobre. Le chupé la polla como una diosa, tragándomela entera. Él había aguantado más, se notaba que se había pajeado antes. Su gemido cuando desapareció en mi garganta… uf, me puso cachonda perdida.
La tensión que estalló en deseo puro
Día 5. Casi lo logra. Me lamió en varias posturas: yo de espaldas con piernas abiertas, luego él debajo mientras yo le cabalgaba la cara, frotando mi clítoris empapado contra su boca. Terminamos a cuatro patas, metiéndome tres, cuatro dedos. Mi coño se abría como una flor, chorreando. Grité, creí que venía el orgasmo… pero no. Lo consolé con una mamada eterna, parando antes de que explotara. Le follé la polla entre mis tetas hasta que se corrió encima, caliente y espeso.
Día 6. ¡Por fin! A cuatro patas otra vez, alternando lengua y dedos. Imaginé su polla en vez de sus dedos, follándome en levrette. El clic. El placer subió como una ola. Grité fuerte, me corrí intensamente. Él sonrió triunfante. Le recompensé con una garganta profunda, guiando sus manos en mi cabeza. Se corrió en mi boca, tragué todo, lamiendo hasta la última gota. ‘Trae condones mañana’, le dije.
Día 7. El gran día. Me puse lencería violeta transparente, tanga y medias negras. Abrí la puerta y sus ojos se clavaron en mí. Lo arrastré a la cama. ‘Hoy es tu día, disfruta sin prisa’, le susurré. Nos besamos, sus manos torpes en mi piel caliente. Me quitó el sujetador, mamó mis pezones duros. Luego el tanga voló y su lengua atacó mi coño, ya inundado.
El clímax brutal y el éxtasis compartido
La tensión era insoportable. Mi respiración entrecortada, su polla tiesa rozándome el muslo, oliendo a sudor y excitación. ‘Ponte el condón’, jadeé. Lo hizo, torpe pero ansioso. Me tumbé, abrí las piernas. Agarré su verga dura, la froté contra mis labios hinchados, jugosos. Nuestros ojos fijos. ‘Ahora…’, solté. Entró de un empujón, llenándome entera. Su calor, su grosor pulsando dentro. Se quedó quieto, gimiendo. Luego empezó a bombear, lento al principio.
Mis manos en su culo, calmándolo cuando aceleraba. Él tocaba mis tetas, mis muslos, metiendo dedos bajo mis nalgas. Olía a sexo puro, mi coño chorreaba alrededor de su polla. Dos minutos y frenó. ‘Siento que voy a correrme…’, murmuró avergonzado. ‘Haz lo que quieras, es tu momento’, le besé tierno. Aceleró salvaje, gruñendo. Yo fingí gemidos para animarlo. Se corrió fuerte, su polla hinchándose dentro, llenando el condón de leche caliente. Colapsó sobre mí, sudoroso, jadeante.
Lo saqué con cuidado, lo tiré. ‘Fue genial para ser tu primera vez’, le dije, acariciándolo. Se fue feliz. Sola, saqué mi dildo. Lo lamí imaginando su polla fresca. Me follé imaginándolo en todas las posturas, corrí rápido, temblando. Duchita para calmar el fuego.
Llamé a Joseph: él ya se había follado a Sophia, su vecina de 20 años con tetas enormes. Me contó cómo la desnudó, le comió el coño virgen de verdad y la penetró hasta hacerla gritar. Compartimos risas calientes. Ese día, el deseo nos controló a todos. Aún siento su polla dentro, el olor, los gemidos… Quiero más lecciones.