Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Conocí a Roberto en una gasolinera cerca de MénagèresDésespérées. Él, vendedor casado, 40 tacos, fuerte, con esa barba corta que me volvía loca. Yo iba de paso, con mi falda beige corta y blusa rosa. Nos miramos… uf, esa electricidad. ‘¿Quieres que te lleve a un sitio?’, me dijo con voz ronca. Subí a su coche sin pensarlo dos veces.
Mientras conducía hacia el bosque, su mano rozó mi muslo. Calor subiendo por mi piel. ‘Eres preciosa’, murmuró, y yo sentí mi coño humedecerse ya. Paramos en un claro, árboles altos, helechos por todos lados. El aire olía a tierra húmeda. Nos besamos… labios calientes, lenguas enredadas. Su aliento corto contra mi cuello. ‘No puedo más’, gemí. Manos por todas partes. La suya bajo mi falda, tocando mi tanga blanca. Yo, apretando su paquete por encima del pantalón. Duro como piedra. La razón… puff, se fue al carajo. Solo queríamos follar.
La chispa que lo encendió todo
Me subió la falda, bajó mi media negra. Olía a sexo ya, ese aroma dulce y salado. Su cabeza entre mis piernas. Lengua lamiendo mi clítoris, chupando mi coño empapado. ‘¡Dios, qué rico!’, jadeé, agarrándole el pelo. Gemía bajito, ‘estás tan mojada…’. Vibraba todo mi cuerpo. Luego, yo al ataque. Abrí su bragueta, saqué esa polla gorda, violeta en la punta. La chupé profunda, saliva chorreando. Él gruñía, ‘joder, qué boca…’. Manos en mi melena, empujando. Mi coño palpitaba, vacío, pidiendo guerra.
El polvo brutal sin frenos
Me tumbó en el asiento trasero. Piernas sobre sus hombros, tacones rojos clavados en su espalda. ‘Fóllame fuerte’, le supliqué. Entró de un empujón, polla gruesa abriéndome entera. ‘¡Ahhh!’, grité. Movía el culo lento al principio, 5 cm adentro y afuera. Olía a sudor, a coño chupado, a polla sudada. Aceleró, 1 Hz, luego 2 Hz. Pechos rebotando, yo arañándole los brazos. ‘Más profundo, cabrón’. Cambió: me puso encima, pero él se movió encima mío. Polla entre mis tetas, 95E apretadas. Follando mis pechos, saliva lubricando. ‘Me voy a correr’, jadeó. Eyaculó chorros calientes en mi cara, cuello, tetas. Blanco espeso, como yogur caliente. Me corrí también, temblando, coño contrayéndose solo.
Después… uf, exhaustos. Él encima mío, sin moverse. Sudor pegándonos la piel. Besos suaves, lentos. ‘Ha sido increíble’, susurró. Yo, limpiándome la lechita con los dedos, lamiéndola. Sonreí, recordando cada embestida, cada lamida. Cansancio feliz, cuerpo flojo. Volvimos al coche, él con su alianza brillando. No me importa. Fue pasión pura, sin filtros. Aún siento su polla dentro, el olor… Ay, me pone cachonda contarlo.