Confesión ardiente: El vibrador que me hizo correrme como nunca en agosto del 2006

Era agosto del 2006, hacía un calor de locos en nuestra casa de las afueras de Bruselas. Llevábamos diez años casados, nuestra segunda hija tenía apenas un año y la mayor estaba de viaje con amigos en la playa. Yo, Isa, seguía sintiendo ese fuego por mi marido, pero la rutina… uf, nos había enfriado un poco. Él me deseaba como el primer día, lo notaba en sus miradas. Pedí un paquete en la oficina de correos pensando que era ropa, pero… ¡sorpresa! Un vibrador morado, con venas, a mi nombre. Lo dejé en su escritorio sin decir ni mu. Vergüenza, ya sabes.

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Fuimos de vacaciones a la costa, pero la cosa se torció. Una noche le solté: ‘Cuando vuelvas, pruébalo con tu amante’. Él se quedó blanco, yo bromeaba, pero dolía. No follamos en todo el viaje. Volvimos, tensión por las nubes. Lunes, calor asfixiante en la oficina para él, yo en casa con la peque durmiendo. Me eché una siesta en el sofá, con top ajustado sin sujetador –mis tetas firmes, gracias a Dios–, falda ligera y un tanga que se me clavaba.

La chispa inicial: tensión sexual insoportable hasta que la razón se rinde

Desperté con él mirándome, mi falda subida, culo al aire. Sus ojos… hambrientos. Me besó la pierna, la piel caliente, sudada. ‘¿Qué haces?’, murmuré, pero ya jadeaba. Bajó, besos en las caderas, en las nalgas. Eeeh… separó mis piernas, olía a sexo ya. Lamida en el coño por encima del tanga, húmeda al instante. ‘Para…’, pero no quería. Me quitó el tanga, lengua en mi raja, chupando labios, clítoris hinchado. Olía a mí, salado, caliente. Gemí fuerte, piernas abiertas, él devorándome. Dedos en tetas, pellizcando pezones duros. Me corrí temblando, coño chorreando en su boca. ‘¿Por qué no me follas?’, pregunté después, confusa. ‘Quería darte placer’, dijo y se fue a la cocina.

La peque se despertó, cena, baño. Él salió en bici, yo la acosté. Tomé mi gélula para dormir –esa que me pone cachonda perdida, desinhibida total–. En la cama, desnuda, tele on, calor. Le mandé SMS: ‘¿Duermes? Tengo calor… sube con tu “amigo”‘. Corazón latiendo fuerte. Subió con el vibrador. Besos, lenguas enredadas, piel sudada pegándose. Manos en mi culo, dedos en mi coño peludo, mojado. ‘Estás empapada’, gruñó. Me masturbó, chupó tetas, mordisqueando pezones. Lamí sus dedos con mi jugo, salado, excitante.

El clímax brutal: sexo crudo, vibrador y placer sin filtros

Lo puse en marcha, ronroneo vibrante. Me lo metí en la boca, saboreando mi coño. ‘Siéntate en mi cara’, pedí. 69 brutal: yo chupando su polla dura, venosa, goteando pre-semen; él lamiéndome, vibrador deslizándose en mi raja. Vibraciones en clítoris, lengua en ano –¡joder, qué morbo!–. Gemí con su verga en garganta. Me puse a cuatro patas, culo alto. Él rozó mi clítoris con la cabeza de su polla, caliente, resbaladiza. ‘Fóllame’, supliqué. Entró de golpe, coño apretándolo, follada profunda. Manos en tetas, pellizcos. Vibrador en mi clítoris mientras me taladraba. ‘Me corro… ¡ahhh!’, grité, chorros calientes. Él eyaculó dentro, semen caliente llenándome, mezclándose con mis jugos.

Caímos exhaustos, sudorosos, abrazados. ‘El “amigo” es genial, me hizo correrme como una puta’, confesé riendo. Él sonrió, acariciándome. Cansancio feliz, coño palpitando aún, olor a sexo en sábanas. Esa noche cambió todo… ya quiero otro juguete.

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