Confesión caliente: Mi polvo salvaje con un francés frustrado en Nueva Zelanda

Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día en Gisborne. Yo, Carmen, una española de 58 tacos, con mi pelo blanco platino y mi cuerpo tonificado por el yoga, paseo cada mañana por el boardwalk junto a la playa. Sudorosa, en leggins negros que me marcan el culo firme, y un top que deja ver mis tetas redondas. De lejos vi a ese francés, Patrice, unos 65, con pinta de abuelo bueno pero con ojos de lobo hambriento. Me crucé con él días, saludos tímidos, sonrisas que quemaban. Él, frustrado por su ex-mujer que lo provocaba cada noche sin dejarlo tocarla. Lo notaba en su mirada, esa polla reprimida pidiendo guerra.

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Un día, fingí un mareo. Caí al suelo, blanca como la leche. Él corrió, asustado. ‘¿Estás bien?’, murmuró en su inglés torpe. Le dije que no llamara a nadie, que me llevara a casa, a 200 metros. Apoyada en su hombro, mi teta rozando su brazo, sentía su calor, su respiración agitada. Olía a hombre maduro, a deseo acumulado. En mi casa high-tech, con escáneres de huellas, lo hice pasar. Me puse el brazalete médico –mi truco para la ‘enfermedad rara’–, y resucité. Al día siguiente, lo paré: ‘Perdóname, guapo. Invítame a un desayuno francés’. Le cogí el brazo, mi pecho apretando su bíceps. En casa, café, baguette… pero la tensión explotó. Su polla dura bajo el short, mis luces en la ropa de seda marcando mi coño depilado.

La chispa que encendió el fuego

‘Mi cuerpo te pone cachondo, ¿verdad?’, le dije sonriendo. Se sonrojó. ‘No te avergüences, yo también te quiero follar’. Lo besé suave, pero él dudó. ‘Primero dúchate, limpia tu polla y boca, por mi salud’. Lo desnudé, su verga tiesa, gorda, venosa. ‘Qué pollón, me va a partir’. En la bañera, jet fuerte, luego yo arrodillada, jaboné sus huevos, retraje el prepucio, chupé el glande rosado. Gemí: ‘Umm, sabe a hombre’. Beso profundo, lengua enredada.

Secos por aire caliente, a la cama king size. Cortinas bajan, luz tenue. Me tiré sobre él, 69 perfecto. Mi coño chorreando jugos en su boca: ‘Lámeme el clítoris, sí… ¡joder!’. Él devoraba, lengua en mi agujero apretado, dedos en mis nalgas duras. Yo engullí su polla entera, garganta profunda, bolas en mi barbilla. ‘¡Qué rica verga, Patrice!’. Saliva goteando, olores a sexo puro, sudor mezclado. No anal, pero masajeé su próstata, él aulló.

El clímax sin frenos y el dulce agotamiento

Misionero: su polla entró de un golpe en mi coño húmedo, resbaladizo. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’. Embestidas brutales, tetas botando, pieles chocando clap-clap. Sudor perlando, aliento corto: ‘Tu coño aprieta… ¡me corro!’. Eyaculamos juntos, chorros calientes llenándome, yo convulsionando. Agotados, pieles pegajosas, besos tiernos.

Bebida estimulante, me subí encima: ‘Quiero sentirte crecer dentro’. Cabalgué salvaje, polla hinchándose, mi clítoris frotando su pubis. Alucinó con Jane Fonda en su mente, pero yo lo monté como yegua: ‘¡Córrete otra vez, amor!’. Explosión nuclear, semen rebosando, cuerpos temblando. Después, ducha, risas. Él se fue enamorado, yo con su esencia guardada. Fatiga deliciosa, coño palpitante recordando cada embestida. ¿Repetimos? Ay, qué vicio.

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